historia de un beso

Aquella noche de camping Blanca tenía miedo y no quería dormir en su tienda, donde estaban algunos de sus amigos. Tuve que levantarme de madrugada para traerla a la mía, y en ella dispuse otra colchoneta junto a la que me embarcaría a mí en la dulce navegación de los sueños. Se quedó inmediatamente dormida, narcotizada por la presencia inmediata de su padre. Yo me quedé observando su sueño, sintiendo que sólo me separaba de las estrellas una finísima tela de acampar. Blanca inició su navegación por el mar de la ensoñación a eso de las dos de la madrugada. Mientras llegaba mi tiempo, aguardé en puerto leyendo poesía con una linterna hasta que, como buen Almirante, también como buen marinero, decidí seguir su misma, estela. Navegar soñando con tu propia hija, marinera en cubierta, deviene experiencia indescriptible. El olor de la piel nueva, el gesto inmenso de la inocencia definitivamente capturado como con red de pesca, y esa respiración unísona con el sentido cósmico, despiertan en los viejos lobos de mar un regreso al día que tomaron su primera barca.
Después de surcar ilusiones infinitas, nubes gigantes de tiempo eterno, después de sentir la flotación, los primeros rayos de la mañana de San Juan nos despertaron tibiamente. También se escuchaban los pájaros, señal inequívoca de que habíamos tocado tierra (esto lo saben todos los marinos del mundo), de manera que despertamos juntos, unidos por la esperanza de contemplar un nuevo día lleno de experiencias. Entonces fue cuando nos besamos. La fotografía que traigo, reflejo de ese día, trae nuestros rostros deformados en esa frontera, línea por donde la piel blanda se adapta al otro rostro, pierde su definición efímeramente y encuentra un territorio común al nosotros.



afsd dijo
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30 Noviembre 2009 | 02:24 AM