Me realizaron este retrato hace doce años aproximadamente durante un viaje a Paris. Fue en Montmaître y creo que es mi predilecto porque ha sido el que ha podido desentrañar mi alma en un dibujo. Confieso que me gusta eso y el tono cubista del propio retrato, el acierto al desvelar mi mirada y ofrecérmela con esa melancolía que parece inspirar. Mi melena parece pétrea, como si siempre estuviera conmigo, expuesta a un presente permanente, mi nariz se afila, las cejas se remarcan, resultando la boca, los labios, el único punto en dode mi vida se ensancha sensualmente, boca que puede besar pero que sensualmente también puede hablar, aunque nada parece necesario decir desde esa mirada que ya lo dice todo. Un tono bohemio de un almirante de entonces que soñaba sus rumbos más preciados. Ha pasado la vida y los sigo soñando (romanticismo) si bien algo aguijoneado por las espoletas de la cruda realidad.