El bosque tiene un claro,

corazón que palpita en medio de todo,

oásis de un desierto de belleza arbórea,

refugio de las soledades de los beduinos que buscan la otredad.

 

Todo bosque tiene un desnudo,

su otro yo encontrado,

reflejo alternativo e inverso,

el contrapunto austero que se ha desvestido.

 

El bosque tiene un claro,

mas no todos se percatan del existir suyo,

ausencia en la memoria

que no le pervierte concurrido,

gloriosa vaciedad que convoca en su boca

solamente a quienes perdidos en él se encuentran,

perdidos sí, mas no personas cualquiera,

sino los perdidos de verdad perdidos,

sin cálculo de su perdición,

naúfragos que, paradoja, tenían tal destino.

 

Todo claro de un bosque, acabo,

es mágica tabla que salva,

lugar sin espacio ni tiempo.

Sólo para dos rumbos perdidos.