ACTORES SECUNDARIOS DE REPARTO EN ESCENA

 

 

Escribo este artículo el día veintitrés de febrero, día en el que se recuerda el triunfo de la democracia sobre la irracionalidad del último pronunciamiento militar de nuestra larga historia, y día, también, en cuya madrugada Penélope Cruz ha ganado el primer oscar concedido a una actriz española, actriz, además, que lo es de sangre, visceral, llena de vida, profundamente hispánica.

En el veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno resolvimos de una vez por todas la decimonónica estampa que venía asolando nuestra vida colectiva, esa sombra que día a día nos fue alejando de la modernidad que tantas generaciones habían perseguido. Un mostacho y una boina militar simbolizaron aquel fracaso de la sinrazón. El mostacho de Tejero y la boina de campaña de Milans, dos seres empachados de principios políticos anacrónicos que estaban fuera del mundo occidental. El único mérito que cabe reconocérseles (entre comillas) es que, al menos, fueran coherentes con ellos mismos y que, de algún modo, mostraran un código de honor personal, asumiendo de antemano la derrota y la cárcel. Hay veces que las personas rígidas que se mantienen leales a sí mismos encuentran en la rígidez, en la falta de flexibilidad, la barrera que les impide progresar. Afortundamente, en aquel tiempo, muchos militares, no tan rígidos, habían ido modificando su pensamiento reaccionario aceptando la soberanía del poder civil, y ese progreso de estos otros militares, que también estuvieron presentes aquella noche, entre ellos principalmente el Rey, contribuyó decisivamente a la derrota del pronunciamiento.

Los españoles nos sacudíamos la historia y nos despojábamos de las sombras del pasado, pero para ello fue necesario escenificar dramáticamente lo que, desde el inicio de la transición, estaba pasando. Los españoles, viscerales, pasionales, orgullosos, intratables (según algunos hispanista británicos), no podemos resolver nuestras dudas intelectuales en el interior. Los toros son el ejemplo de que siempre hemos de simbolizar el drama vital. El hemiciclo, media plaza de toros, sirvió de escenario para la puesta del drama colectivo. Tenía un guardia civil que subirse al trono de la palabra para imponer la fuerza de una pistola, tuvo que hacerlo para que todos nos convenciéramos simbólicamente de que la fuerza de la razón supera a la razón de la fuerza. La fuerza del drama ganó enteros para desembocar en el final deseado, el que la historia pedía a gritos desde hacía un siglo y medio. Si los españoles hubiéramos podido convencernos antes con las palabras, tal escenificación hubiera sido innecesaria. Afortunadamente, aquellas imágenes ya forman parte de nuestro inconsciente colectivo, y están sembradas con la finalidad de que sepamos no retroceder.

La fuerza interpretativa que tiene Penélope Cruz proviene de nuestra forma de ser. Hay que ver la película de Woody Allen para darse cuenta que, transcurriendo la misma sin tensión dramática, con cierto tono entre monótono y aburrido, es a partir de la aparición de Penélope cuando la película alcanza intesidad dramática desgarradora, produciendo su aparición el punto de inflexión que necesita. Penélope tiene una fuerza interior inmensa que aflora con radicalidad, pues la tiene de raíz, anida en su ser, en su esencia española, rompiendo esquemas. Ayer subió al púlpito de la gloria sin pistola, votada democráticamente por la Academia como mejor actriz de reparto, y habló, moderando la palabra, delante de los que representan a la sociedad civil más lograda de los últimos dos siglos. Desde Tejero hasta Penélope han pasado muchos años y ambos son ejemplo claro de que los españoles pasionales son capaces de destruir o construir, todo según la dirección que se tome. Tejero, peor actor de reparto, frente a Penélope, símbolo de la España moderna, ambos se entrecruzan en una misma fecha. No puede ser casual.