LEYENDO A BENEDICTO XVI
Transcurría anteayer una tarde de lluvia en la que, llegando a casa, atraído por un libro expuesto en uno de los anaqueles de la librería "Alfar", y comprobando que Fernando Sabugo se encontraba en ese mismo momento cerrando la librería, me tomé la libertad de pedirle desde el coche que me proporcionara un ejemplar, cuidándome antes de comprometer el pago para el día siguiente (gracias Fernando). El caso es que el libro llegó a mis manos. Se trata de una edición que, bajo el título ¿ Dios existe?, comprende un pequeño ensayo del Santo Padre; luego, una parte intermedia que transcribe un debate que el papa sostuvo en el año dos mil con un filósofo ateo, y, finalmente, otro pequeño ensayo de éste último. Yo, que había leído antes un ensayo sobre Jesús escrito por el Papa, me las prometía felices pensando que bajo el título de ese interrogante -¿ Dios Existe?- me enfrentaría a una completa exposición de este ensayista al que tanto valoro. No obstante, el libro tampoco tiene desperdicio.
Si Juan Pablo II fue un Papa poeta, Benedicto XVI es un ensayista de primer orden. Su prosa y su fino razonamiento te lleva a paladear lo que expresa como si alcanzaras la cresta de un dulce merengue. Hubo un tiempo anterior, cuando él era prefecto para la Congregación de la fe, en que se nos trasladó una imagen suya sumamente rígida, casi inquisitorial, algo que, leyéndole, se disipa completamente, lo que me mueve a pensar, -esto es harina de otro costal-, que, realmente, los medios de difusión públicos nos trasladan partes de la verdad y que nuestros pensamientos, a veces, sobre todo cuando más nos confiamos a ellos, están un poco manipulados. Pero leyendo a una persona se ve su reflejo, lo que verdaderamente es, y aquí no hay trampa ni cartón. Simplemente hay que molestarse y dedicar tiempo, ese escaso que se nos va de las manos.
Si yo pudiera llevar al lector a la cresta de un dulce merengue exponiendo la sensación que albergo después de leer al Papa, -y en mí no puede advertirse en modo alguno ni fanatismo religioso, que no lo tengo, ni la condición de católico practicante-, me daría por satisfecho. No obstante, recomendaría la lectura de este pequeño ensayo para que el lector pudiera comprobar cómo el Papa defiende la circunstancia de que su creencia sea la verdadera. Para ello hay que hacer previamente una abstracción de la nuestra, quizás descreída de que pueda existir una religión que contenga la verdad absoluta, prescindir de nuestro prejuicio. Lo cierto es que el discurso del Papa alcanza una coherencia exquisita que, una vez advertida por el lector, te lleva a respetarla aunque, como es mi caso, sólo la compartas en parte. Él sostiene que el cristianismo, primero el judaísmo, construyó un Dios que reunía en sí el alcance absoluto de la filosofía de la época, es decir, que, al contrario de lo que ocurría en el resto de las religiones del momento, se estructuró desde la filosofía racional y que la fe posterior no fue sino un salto dado desde la razón. " Al principio fue el verbo", -nos recuerda-, pero el verbo, -matiza-, es la razón hecha palabra, y, para el Papa, antes de la creación del universo estaba lo racional, no lo irracional. La creación fue sustituida luego, -por la filosofía-, por la palabra "physis", que viene a significar naturaleza, pero, sin perjuicio de esta separación entre religión y filosofía, la naturaleza (o la creación) encierra o contiene un mensaje esotérico que, porque contiene valores universales, está por encima de las leyes humanas. El cristianismo no hizo sino recoger esta racionalidad ínsita en la naturaleza, en la cosmogonía, para concluir la imposible preexistencia de la irracionalidad. Ello en favor de la racionalidad de una potencia creadora, la cual, engloba todo ese compendio de razón que derriba la posible construcción irracional del universo. El Dios cristiano parte de la filosofía racional y, a partir de ella, construye sus valores descifrando el mensaje de la naturaleza, un mensaje que, por otro lado, no puede ser violado por leyes humanas, de ahí lo absoluto.
El judaísmo creó este antecedente, pero el cristianismo, por medio de Jesús, lo hace universal, es decir, la verdad trasciende más allá de la comunidad judía y alcanza a los demás hombres, lo que justifica la expansión de la verdad como un modo de comunicación. Lo cierto es que, querámoslo o no, nuestra civilización occidental, -única que ha evolucionado hacia la democracia y hacia el respeto del individuo-, ha partido esencialmente de los valores cristianos, los cuales se han secularizado posteriormente alcanzando reflejo en los derechos inalienables del hombre. De algún modo ha ocurrido lo mismo que ocurriera con Jesús, que hizo partícipes a los profanos del mensaje judío, y, así, el cristianismo ha salido de su circunscripción alcanzando a todas las demás culturas profanas que ahora buscan el respeto a los derechos humanos.
Leyendo al Papa he sentido cierta paz interior que me ha hecho notar aire en los pulmones. Sin embargo, creo que esta construcción doctrinal es válida y puede extenderse fuera de la comunidad cristiana. No es cuestión de mantener la forma si respetamos el fondo. La forma de Dios puede tener variantes, distintas expresiones en función de la percepción de cada comunidad humana y, más aún, de cada individuo. Otra vez salimos de la Sinagoga, pues, lo absoluto, la existencia de un ente espiritual racional anterior a la materia, si deviene tan absoluto y cierto, si es una verdad racional, puede convivir con el relativismo cultural y religioso del mundo contemporáneo, es decir, lo absoluto puede adaptarse a lo relativo penetrando dentro de cada forma. Si pusiéramos al agua como ejemplo de lo absoluto, como ejemplo de Dios, convendríamos en que el agua varía su forma en función del continente. Se adapta al vaso, a la jarra, al cauce del río, a la estrechez de las tuberías, pero siempre es agua, no pierde su naturaleza por ello, sigue saciando la sed, alimenta la verdad. Sólo es cuestión de dejar que el agua inunde nuestro continente elegido, y, en esto, con mucho respeto, creo encontrar mi discrepancia con el Santo Padre. Sólo en esto. Gracias.


