Ilustre Monarca, me atrevo a escribiros desde el siglo veintiuno, unos cuantos después de vuestra existencia física, pero en un tiempo en el que aún pervivís en el mundo de los mortales. Tan grande fue vuestra existencia que ya veis que se extiende primorosa y alborea cada día en que alguien os lee. Sois grande, un verdadero rey, mas no sé si lo sabéis. La literatura tiene este misterio, hacer presentes a personas ya muertas que, sin embargo, siguen vivas. Esta es la eternidad a la que os hemos glorificado, manco de Lepanto. Resuenan aún en mi interior las palabras que le dedicáis al autor del Quijote Apócrifo, ese que llaman de Avellaneda. Las leí hace ya algunos años, pero de vez en cuando encuentran eco en mi interior.

Os tachó de manco y viejo y vos le respondisteis que “ni en vuestra mano había estado detener el tiempo, que no pasara por vos, ni la manquedad la habíais hallado en las tabernas, sino en la más alta ocasión que vieron los tiempos pasados, no veían los presentes y difícilmente llegarían a ver los venideros”. En la batalla de Lepanto, -lo recuerdo perfectamente-, estabais rebajado de servicio en el sollado de marinería debido a la fiebre, pero tuvisteis el valor de levantaros y luchar frente al turco para defender los valores de la cristiandad, que, en ese tiempo, no eran otros que los valores de occidente, nuestro mundo, el que vos defendisteis en esa gloriosa hazaña que se llevó vuestra mano. ¡ Qué grande habéis sido con la espada y con la pluma!. Alto caballero lleno de ideales, soñador y defensor de España, que ya entonces se había constituido como nación entera, antes que ninguna, y que hoy os dolería ver como se desune manifestando la fragmentación de sus comunidades regionales movidas por intereses egoístas. Os dolería eso, pero también comprobar que ya no se lleva defender la patria ni los altos ideales, que el hombre se ha hecho más interesado y menos desprendido de lo que lo fuisteis vos y los de vuestra generación. En vuestra época sabíais que vuestro sacrificio se daba a un interés superior que valía más que cualquiera de los hombres, y, esa sabiduría esencial, os impulsó a levantaros del camastro donde postrado pretendíais rebajar la fiebre. El calor del corazón era más alto en vos.

La novela moderna que vos inaugurasteis con el relato de la vida del ingenioso hidalgo Alonso Quijano también se ha prostituido. Los autores no escriben con el alma sino con el pensamiento puesto en el dinero, y el dinero de los editores ha cambiado la manera en que los escritores afrontan el éxito. Quieren escribir para vivir como burgueses, como hidalgos. La hidalguía es cosa que carece de mérito y con esto nos hemos topado. En vos y en los vuestros arrancaba la modernidad de esta Europa nuestra, pero en nosotros inicia su decadencia y esto es cosa ya sabida de la que sólo queda esperar su término, pues todo tiene su principio y su fin. Si de mi mano cupiera la posibilidad de detener este destino no dudaría en hacerlo, pero a mis cuarenta y seis años, no veo modo alguno en que sea posible el propósito de hacer de la vida algo más noble de lo que se nos muestra. Esta es la cosa, después de tantos siglos y tantas desesperanzas. El hombre ha elegido el camino fácil. Mirad cómo Don Quijote se lo decía a Sancho cuando este partía para la ínsula Barataria. “ Huye de lo fácil Sancho, que no trae nada bueno”, -no sé si lo recordáis-, Pues ved, Don Miguel, que el hombre de mi tiempo ha elegido lo fácil, huye del sacrificio y, más que huir, lo rehuye, lo aparta de sí, busca la satisfacción en lo inmediato sin que, para colmo, encuentre satisfacción alguna en ello. Nada se le antoja grato y todo lo quiere. Ni valora lo que sin mérito alcanza y desprecia a los que con mérito siguen su destino. ¿ Qué hubiera hecho Alonso Quijano ante este entuerto?.

Nos hace falta alguien que enarbole la lanza sin miedo, libre de los juicios falsarios, que ose y se atreva a remediar los grandes males de este Occidente decadente, alguien que arrastre un ideal, pero ya nadie ama nada ni a nadie. El amor por lo justo ha desaparecido de la faz de la tierra y sólo encuentra reflejo dentro de ese libro vuestro que es ejemplo de la dignidad que un solo hombre puede encontrar si se lo propone. Leeros nos saca de la realidad, pues la realidad se ha desprendido de nosotros y nosotros de ella. Huelga decir que no hay gobierno en el mundo y que faltan caballeros. Si me leéis, si hay alguna dimensión del tiempo en que ello os sea posible, tener este mi elogio como un regalo y un apoyo de vuestra causa.