Se aproxima el solsticio de invierno, día más corto del año. Desde el mágico solsticio de San Juan todos los días han ido decreciendo lentamente buscando la menor luz del último día corto del año. A partir de entonces, sin embargo, los días crecerán hasta alcanzar el solsticio de verano, cumbre donde el día más largo deposita su plena intensidad lumínica.

Hasta que el cristianismo hizo suyas las fiestas paganas uniéndolas al calendario, superponiéndose a ellas, la celebración del solsticio se realizaba para festejar el nacimiento de otras deidades, pero en cualquiera de los casos, el significado simbólico de los dos solsticios radica en considerar que la vida tiene momentos de crecimiento y de decrecer, que todo se antoja presidido por ciclos de los que debemos aprender sus enseñanzas.

Las horas más bajas, nuestros estados de crisis presididos por el incumplimiento de nuestras expectativas, deben hacernos reflexionar en torno a la razón que los motiva, todo a fin de buscar el crecimiento personal. A lo largo de la historia el hombre ha sentido cierta repulsión por estos momentos amargos, hasta el punto de que, en la cubre de nuestra civilización, solemos esconder a la galería aquello que nos sale mal. Ello es debido a la insolidaridad actual con el error humano, ello sucediendo en unos tiempos presididos por la búsqueda de la inexistente perfección. Nos asusta reconocer y exponer nuestros errores porque sabemos que no seremos comprendidos, todo lo cual nos proyecta a vanagloriarnos luego, y en exceso, del cumplimiento posterior de nuestros proyectos. Cuando salimos a la luz lo hacemos airosos, llenos de orgullo, proclives, como españoles, y esto es una característica que nos distingue, al ejercicio de la soberbia. Es la inferioridad que sentimos en nuestros ciclos bajos la que nos impulsa a la superioridad en los momentos más altos. Un contraste de luz y sombra, sin intermedios grises, nos asiste.

La civilización occidental, después de muchos siglos en ascenso, desde el Renacimiento, después de haber construido un modo de vida basado en el respeto a la libertad de la persona, al cuidado exquisito de sus derechos, dicen los entendidos que ha entrado en decadencia y que ésta decadencia durará otros cuantos siglos hasta que una nueva civilización instaure su modo de vida. Es lo que suele suceder. Las generaciones sustituyen su modo de organizar la vida y llega un momento en que unas cuantas generaciones concretas coinciden en cambiar el esquema de las cosas revolucionándolo todo. A veces se cambia a una civilización más compleja y otras veces se simplifica lo complejo por algo más sencillo. Eso ocurrió con la civilización grecorromana, compleja en sus planteamientos filosóficos, cuando el cristianismo buscó una respuesta sin raciocinio, todo de tejas para arriba, pero más simple. El cristianismo, luego, se sustituyó por el racionalismo moderno, y éste será sustituido de nuevo por algo distinto. Llega un momento en que las personas se cansan de las soluciones que han tenido por buenas para enfrentarse a la circunstancia dramática de la vida, y entonces, tras el día más corto, comienzan a alumbrar algo nuevo.

Algo nos dice que nuestra cultura deviene insostenible en el modo en que está hoy planteada. El excesivo culto al hombre y al dinero, a costa del medio ambiente y de otras civilizaciones anegadas en la pobreza, comienza a resultar asfixiante para una población planetaria que no entiende por qué unos pocos dominan los recursos de todos. El mundo se ha hecho más pequeño debido a la velocidad de los transportes y de las comunicaciones y ello, querámoslo o no, determina que el mundo va necesitando otra cosa. Quizás una civilización basada en el derecho internacional y en el recorte del Estado Nación generado en el siglo XVI. El hombre, en un mundo pequeño, no puede ser impedido de caminar a sus anchas por todo el horizonte. Las fronteras, tarde o temprano, caerán, y la libertad se entenderá en un sentido más amplio.