Creo que la razón de nuestro sufrimiento radica en que somos partes del todo. El nacimiento nos desgaja de la unidad cósmica y, por ello, sucede a lo largo de la vida que sentimos el dolor de esa separación. Nos acompaña irremediablemente en nuestro peregrinar por el mundo, pero tal dolor tiene remedio. A menudo no somos conscientes del instrumento que permite que retornemos a la unidad de la que formamos parte, e insistimos en pregonar nuestra diferencia, ensalzar el yo, agigantar nuestra luz, pero, con ello, la sombra se ensancha densa y el dolor aumenta. Tal cosa sucede cuando cultivamos el ego desviado, el yo malo que nos pervierte. Entonces, debido al rechazo que los otros hacen de nuestra soberbia, nos sentimos más separados de la unidad total y nuestro dolor aumenta.

El amor es la única manera de reducir el sufrimiento, porque con él constreñimos el ego y nos ofrecemos a los otros, a esa comunidad que comparte el dolor de la vida. La otredad da sentido al individuo, ésta es la cosa. Pero para llegar a ella tenemos que ver nuestro yo profundo, el bueno, el que deviene equivalente al yo de los otros, el que nos iguala a ellos. Conocerse a uno mismo es igual a conocer a los otros, de ahí que sintamos empatía por ellos una vez que reconocemos quiénes somos. Para hacerlo hay que quitarse la máscara social que oculta nuestras debilidades. Esa posición social o económica, esa cualidad de la que nos vanagloriamos, cualquier cosa de la que nos valgamos para diferenciarnos de los otros impide al mismo tiempo que viajemos hacia el yo interior fuerte que nos permite encarar la vida con fortaleza. Una vez que nos sintamos seguros, todo estará hecho, porque no necesitaremos la diferencia de los demás y buscaremos la igualdad con ellos, la fusión.

Amar la vida y amar a los otros, fusionarnos con el entorno, ésta es la clave. La vida no empieza más allá de nosotros, como si estuviéramos separados, porque formamos parte de ella. De nada vale ser islas refugiadas que impiden que lo demás se fusionen con nosotros. El amor a la pareja, la fusión de los cuerpos y de los espíritus en una unidad, es una manera de perder la sensación de estar fragmentado del todo, pero también la unión que provoca la amistad sincera, o la solidaridad con el resto de las personas, o el sentirse unido al entorno natural, o amar a los hijos deleitándonos en su inocencia o en el dulce olor de sus habitaciones, comportan también formas de unirnos al todo que todo lo rige.

Somos partes del todo, nada más que eso. No podemos encontrar en nuestra diferencia con los demás, -y mira que el hombre tiende a clasificar todo-, el billete que nos devuelva al sentido unificador del Universo, esa totalidad a la que unos llaman Dios, otros Alá, otros Buda, y otros la sienten sin nombre o bautismo alguno. La fusión mediante el amor nos conduce a ella, pero el precio del billete reside en quitarse lastre. Quizás por eso diría el poeta hermano aquello famoso de que a la hora del último viaje le encontraríamos sólo y sin equipaje, como los hijos de la mar.