Pertenezco a la generación de los sesenta, la que vino en llamarse del " Baby Boom". Durante mi infancia mataron a Kennedy, se viajó a la luna, y Franco inició su declive hacia la agonía política y biológica. Hasta los catorce años, aproximadamente, crecí con él. Vi llorar a mi abuela por Franco, y a mi abuelo paterno sentir, desde otro ángulo, que al fin se iniciaba una época de libertad. En términos reales mi generación es la primera de la Historia española que no ha conocido ni el hambre ni la guerra, circunstancia anecdótica para un país belicoso donde los haya habido y suficientemente ingenuo como para capitalizar sus conquistas. Entre el franquismo y la democracia mi cuerpo experimentó su crecimiento hacia la libertad en todos los órdenes. Libre de las ataduras de la adolescencia y libre de una sociedad gastada y anquilosada, he crecido valorando las cosas más grandes de la existencia humana. Soy occidental hasta la médula, no sin cierta admiración por determinadas cosas de la cultura oriental, pero sumido en definitiva en una sociedad que, tras siglos de depurada construcción intelectual, ni se afirma sobre las otras culturas y, lo que es más preocupante, las respeta hasta el punto de que el respeto se tuerce sobre nosotros haciéndonos dudar de nuestros propios principios.

He visto la refulgente vitalidad de las ideologías y también su actual declive. Con cierta perspectiva histórica contemplo que mi país ha tenido una grandeza intelectual enorme justo a partir del punto álgido de su definitiva decadencia, mil ochocientos noventa y ocho. La guerra civil reverdeció lo que éramos desde el pasado, seres soberbios y combativos que hacemos de las creencias algo que va más allá de la razón para convertirlas en fe ciega. España ha vivido una mezcla de racionalismo y fe que Europa no ha experimentado. La fe nos llevó a la guerra y la razón, pasada la tormenta, nos fue devolviendo al cauce de la Europa moderna, pero, colmado ese transito, padecemos, quizás como los demás, una crisis de pensamiento. La despensa de las ideas está vacía desde hace mucho tiempo. Quizás nos conformamos con pensar que la vida se basa en la afirmación de nuestros derechos individuales y en la satisfacción de determinadas necesidades vitales que, por ser muchas superfluas, no son vitales. Coincido con mi compañero Miguel de Santiago en la circunstancia de que el lenguaje político es una trampa que recupera viejos conceptos gastados y, más que gastados, históricamente erróneos. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, de lo que resulta que hemos creado un lenguaje políticamente correcto, inatacable si no queremos caer en marginalidad, bajo el que subyace lo antiguo, la vieja fe que nos revuelve la sangre.

El hambriento que no tiene pan recupera el recuerdo del último alimento ingerido. Con la despensa ideológica vacía, sólo nos queda el recuerdo de lo anterior. En el caso presente el ayuno parece más recomendable, porque, demostrado que es bueno, que agudiza el ingenio, puede desatascar estos cerebros nuestros que, al parecer, se niegan a pensar. Pero los cerebros de mi generación no han pasado hambre nunca y del hambre de las ideas no parecen estar necesitados. Hemos crecido en la satisfacción de las necesidades básicas y en el regalo añadido de las satisfacciones lúdicas, la vida nos ha sonreído como a ninguna generación anterior, mas, llegados a la media vida, resulta que el horizonte anuncia que nuestros hijos no vivirán como nosotros. Seremos la primera generación de españoles que observe a sus hijos vivir peor que a sus padres, lo cual no parece buena cosa. A lo mejor piensan ellos, como decía Unamuno, pero engañados por este lenguaje correcto, odiosa dictadura de la palabra, y por esta educación meliflua que no valora la autoridad del sabio, me pregunto qué puede esperarse.