Creo que la sociedad se está disfrazando. El culto a la apariencia ha llegado al extremo de que basta la superficie para legitimar el fondo. Todos queremos llegar a merecer el culto que se rinde a los seres que destacan por cualidades meritorias, pero no todos hemos desarrollado el esfuerzo que conduce al fin. De la sociedad puede decirse que ha prescindido del esfuerzo, pero que no renuncia a las mieles del triunfo. De esta insensata convicción cualquier medio vale para aparentar lo que no se tiene. El antiguo refrán " dime de que presumes y te diré de lo que careces", ha caído en desuso. En el ahora, tanto presumes tanto vales. Esta es la regla. No sé si esto es un indicio del inicio de la decadencia de occidente. Mi tío abuelo Marcos, -noventa y nueve recién cumplidos y dos tertulias diarias fuera de casa-, me lo espetaba este verano. Puede ser que sea cierto. Si Occidente cae, se derrumbará toda una civilización basada en el libre pensamiento ilustrado y en los derechos esenciales del individuo. Pero ¿ Qué derechos merecemos los demás si, desde la ignorancia, somos capaces de suplantar a la persona meritoria?. La luz injustificada de tanto panoli ensombrece a los grandes y resulta, además, que nos hemos olvidado de que fueron precisamente hombres eminentes los que al cabo desarrollaron la ideología que sustenta nuestros reclamados derechos. No puedes olvidarte de la mano que te da de comer, esta es la cosa. Algún grande anunció para nuestro tiempo la rebelión de las masas, la imposición de la mediocridad por encima de la excelencia. Un revolucionario se diferencia de un rebelde en algo esencial. El revolucionario lucha contra algo injusto, pero el rebelde se revuelve, valga la redundancia, contra lo que es justo. Las masas se ha rebelado contra la aristocracia de los sabios y nos imponen su criterio, no se conforman con desatender el consejo. Los políticos mediocres han alimentado esta fuerza porque, instalados en el poder, deben dar gusto al oído de todos los débiles que renuncian a sacrificarse. Ya lo decía Alonso Quijano a su escudero cuando éste se disponía a ir a la ínsula de Barataria. ¡Huye de lo fácil Sancho, que nunca trae nada bueno!. Sabio consejo el del personaje de la más grande novela que han visto los tiempos. Resulta que pasados unos cuantos siglos, nos sigue dando tan grande consejo. No le escuchamos. Cuando, pongo por ejemplo, adoptamos las maneras del intelectual para beneficiarnos de la vanidad del halago, resulta que nos disfrazamos de una apariencia que, en estos tiempos, resulta injustamente eficaz. Sacrificamos el camino difícil que construye a todo buen intelectual, renunciamos a la lectura meditada, al reflexivo pensar que nos nutre, sentimos que ser intelectual sólo consiste en emitir nuestra opiniones, sean acertadas o no. Cualquier artista de cine mediocre se siente un intelectual, piensa que ejerce dominio sobre la cultura; cualquier político puede sentarse en el parlamento sin saber hablar, sin vergüenza, o, más aún, sin estar legitimado por un recorrido vital que justifique su reconocimiento. Vivimos de las apariencias pensando que se puede vivir del aire. Y lo malo es que nos lo hemos creído. Nos lo creemos porque cualquiera pensamos que, al igual que ese mediocre gobernante, podríamos estar ahí como él. Es más, al identificarnos con la mediocridad, la legitimamos. Estamos diciendo que nosotros somos igual de capaces, y por ello queremos que nos represente alguien que sea reflejo de nuestra propia mediocridad. Ahí es nada. Lo cual, en contrario, quiere decir que rechazamos a cualquier persona sabia que lo sea de verdad. La imagen que nos devuelve el sabio es la contraria a nosotros y, del mismo modo que rechazaríamos la imagen en el espejo de nuestro rostro deformado, rechazamos que ese ser auténtico, construido con el esfuerzo, nos recuerde que no somos como él y que nuestro rostro no merece tanta atención. Apariencias para narcisos, pagaremos el precio del camino fácil. Lo que no sé, evidentemente, es cuándo.
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Por desgracia vivimos en una sociedad que nos impone unos canones de belleza, o apariencia mejor dicho ya que la belleza es una regla que cada uno la mide de una manera, pero no podemos ser hipocritas lo primero que nos entra es la estetica de la persona, luego si llegamos a conocerla. Mejor dicho si nos deja que la conozcamos, vamos quitando las capas superficiales y queda la realidad, que a mi parecer suele ser siempre mejor que la mascara del engaño que solemos llevar todos.Un saludo
Gracias Lilian por tu comentario y un saludo, la verdad es que llevas razón. Nuestro encuentro inicial es con la superficie de las cosas, luego con el fondo, pero si no la vida no sería misteriosa ni tendría aliciente. Saludos.