No siendo practicante, pero religioso a mi manera, creyendo en una causa cósmica a la que no doy forma, siempre he sentido atracción por los monasterios, esos reductos silentes en donde la vida deviene vertical. Silos es uno de ellos. Tiene un ciprés delgado y elegante y una secuoya muy hermosa. Las secuoyas me gustan más que los cipreses y la de Silos, de gran envergadura, como puede contemplarse en la foto, me seduce más que el ciprés. Estando el otro día, pensando que ella no tiene soneto, y que Gerardo Diego generó una desigualdad entre ambas plantas, decidí escribirle uno. Lo dejo abajo. Se lo he mandado al Abad del Monasterio, pero no sé si le gustará. A ver si rompe el silencio.
Ella es la gigante arbórea dama
que el tiempo sostiene blando en la base,
monástica diosa de ramas anchas,
secular anciana que al cielo esparce
su alarde de altura, y a él reclama
verde hueco para su grueso talle,
que ella no es delgada como la lanza,
ni ciprés enhiesto que el sueño calme,
mas sí es señora, fémina planta,
vecina dispuesta a colindarse
con el monasterio al que da entrada.
Coqueta que en gracia queda al pararse,
silente es su sombra, ¡oh religada
asceta que tiende a extasiarse!.



Nunca he estado en Silos y sólo conocía el ciprés de Gerardo Diego, gran sonetista, sin duda. Ahora podré añadirle la secuoya del Almirante.
Un abrazo.
Gracias por tu elogio querido amigo.