EN TORNO A UNA FOTOGRAFIA ( Primer capítulo de ensayo)
Playa de Toranda ( Niembro. Principado de Asturias). Agosto de dos mil siete, en torno a las nueve de la tarde noche de un día cualquiera
SONETO DEL MEJOR MOMENTO DEL TIEMPO
Yo convoco al tiempo desde este ahora, le ruego que exclame lo más sonoro, su exacto momento, su mejor hora, el álgido extremo, rosa o tesoro, que en un justo instante traicionó su honra por querer lo imposible: pararlo todo. A Cronos le pido cuente su aurora, que traiga memoria de aquel desdoro, del querer dejar correr eterno por los campos dulces del no acabarse. Le ruego que hable de aquel suceso, del seguro beso que vio marcharse por no detenerse, estando preso de toda premura que le llamase.
El cazador de tiempo siempre está al acecho de cualquier instante vital que pueda devorar a través de su cámara. Es como el tigre silencioso sumido en la sombra de la jungla, que, flotando con esas pisadas acolchadas que anteceden al salto triunfal, irrumpe con poder en el denso aire de la selva. Sabe que el sentido de su existencia radica en captar la eternidad, tenerla depositada en la imagen digitalizada que su equipo detiene cuando, con un simple clic, congela ese justo y pequeño momento que, de no ser así, hubiera pasado para siempre, pareciendo irrecuperable. El cazador de tiempo varía el destino de un suceso, impide que se oculte tras la puerta de la Historia, lo mantiene vivo en el presente, puede recrearlo, convivir con él, sucede entonces que un instante concreto alcanza una vida que no le había sido destinada antes. Sin embargo, no todos los instantes pueden ser captados. Ahora mismo, centenares de miles de imágenes se escriben sobre la escena del planeta, en cada segundo ha sucedido algo que lleva a otro segundo y luego a otro. Nacen niños, los amantes componen esculturalmente sus juegos prohibidos, los criminales roban, los elefantes se bañan con barro, miles de chinos andan en bicicleta por sus calles, las personas se miran en los parques públicos, las mariposas se posan en las flores, y, así, un largo etcétera de secuencias imaginables que nos gustaría tener presentes en su conjunto, amalgamadas, ofrecidas a la vez y percibida la sensación que en un justo instante ofrece la vida en el planeta; quizás así, viendo todo de un solo golpe, aunque sólo fuera lo que ha ocurrido en un solo segundo, tendríamos una visión más profunda de lo que pasa, quizás podríamos comprender mejor el sentido de la existencia. Pero hete aquí que el tiempo no se detiene. Es esquivo, huidizo, huraño, no nos tiene en cuenta, se mantiene en un seguirse a sí mismo, sin parar y sin moverse, perdiéndose sus propios momentos, que no sabe paladear. Este verano he escrito un soneto que, partiendo de tal idea, intenta imaginar un momento distinto del tiempo, un momento en que éste pudo pararse. Lo quiso, pero no lo hizo, quizás fue desleal consigo mismo, siquiera fuera por un breve instante. Se trata del soneto de principio de este ensayo, unos versos que también le imaginan un destino menos solitario.
La búsqueda de la eternidad es el Santo Grial que muchos hombres han buscado a lo largo de la Historia. No cabe discutir la legitimidad de tal derecho, pero sí achacar en cambio, a determinaos buscadores de tiempo, -llamémosles así-, cierto error en el enfoque, esto es, en la propia perspectiva de su búsqueda. Si no les hemos interpretado mal, muchos hombres o, mejor, muchas personas, han pretendido incorporar la eternidad a su ser de manera que el tiempo nunca se les acabase, -puede recordarse a este respecto el elíxir de la eterna juventud-, y ha sido precisamente esa ambición de encontrar una garantía más allá del tiempo humano, pero una garantía para su propia vida, lo que les ha cegado al punto de no ver más allá o, mejor aún, no ver más acá. Pretendían la vida eterna sin darse cuenta quizás de que lo grande siempre reside en lo pequeño. Los verdaderos buscadores de la eternidad han concebido su búsqueda de otra forma más simple. A menudo ocurre que lo simple nos pasa inadvertido, porque quizás se hace cotidiano y, por cotidiano, necesariamente presente en cada instante. Nada como la continuidad de algo en el presente para que llegue un momento en que realmente nos pase desapercibido por completo. Ese cuadro habitual del salón suele ser un ejemplo; la belleza de la persona que amamos puede olvidarse a fuerza de repetirse y de instalarse cada día en la rutina inevitable de nuestros días. Quiero decir que la presencia constante de algo nos roba una pista necesaria para la búsqueda. Perseguir el tiempo no es cosa fácil y, si mucho es y a mucho se alcanza el sólo hecho de planteárselo, -pues tal empresa no suele darse en todo género de personas, sino sólo quizás en aquellas más predispuestas a concebir la propia vida como una aventura hermosa-, hemos de sentir con fuerza cuál es el verdadero camino para que, al fin, podamos derrocar el imperio del tiempo. La presencia se compone de infinitud de instantes pequeños, podría decirse que la infinitud de lo microscópico compone un mosaico hermoso que, sin embargo, acaba consabido cuando se repite con constancia. Ello no obsta para que la valoración de lo más pequeño nos conduzca inevitablemente por el buen camino. Hay que estar espiritualmente preparado para entender esto. La humildad es una de la condiciones básicas de todo aventurero, de todo buen buscador, ello al punto de que sin ella solemos perder el buen camino. La soberbia no debe acompañarnos; no, desde luego, la de aquellos que pretendían empacharse de eternidad eludiendo la sombra de la muerte y eludiendo así una de las grandes cosas que nos ha sido destinado poder experimentar. Esa soberbia es la que nos hace huir de la contemplación de lo pequeño, pues cuando el hombre se instala en este pecado capital sucede que no atina a descubrir más cosas que las que piensa que pueden engrandecerle, y, cuando de engrandecerse se trata, difícilmente te repara en lo más pequeño. Un instante deviene cosa efímera, pequeña, breve, un buñuelo sumido, para evaporarse, en el ingente campo del tiempo, en el no acabarse, en el ser siempre, mejor aún, en el siempre estar. Pero en el instante consumido, en esa chispa de fuego que ha alcanzado su luz más pura para desaparecer, radica un instinto natural de supervivencia que nosotros podemos impulsar mediante la valoración de su importancia, un instinto que, por otra parte, no es ajeno a nada que tenga vida. El instante tiene una vida fugaz que se traduce en un consumirse poético, lleno de dulzura, agonía sensible que nace con su propio nacimiento, un nacimiento que se apura en el propio límite de la agonía, pues el instante, quizás, -no otra cosa podría ser-, representa una convivencia de la vida y de la muerte en una fracción de tiempo tan irrelevante que, de no ser por la reflexión pausada, nunca nos percataríamos de ello. La muerte del instante es romántica, adquiere esa pincelada de pequeña rebelión frente a la vida, pues la revuelta del instante radica en afirmarse frente a al tiempo inacabable, pretende alzarse frente a él sosteniendo la mayor importancia de una fracción de segundo frente a todo el resto del tiempo y, entonces ocurre, que el tiempo, dueño de un vasto dominio que al parecer nunca acaba, encuentra en esa pequeña rebelión un aguijón leve. A pesar de que sigue su decurso por la historia, sin parar, sin detenerse, su vida es una sacrificio, pues, cada instante importante o bello, le aguijonea muriendo con la dignidad de los poetas. Desde hace siglos no ha habido probablemente mejor rebelión contra el racionalismo que el movimiento romántico, ese movimiento que, en un concreto instante de la Historia, se rebela y espeta al mundo que el racionalismo debe ser criticado y que es el momento presente, lo vivido con pureza, incluso la propia muerte, -que dentro del romanticismo, se afronta de otro modo-, lo que realmente introduce al hombre en el camino de la salvación. Creo así que esa reivindicación del presente establecido como lo verdaderamente valioso, en desmemoria del pasado y del futuro, que carecen de importancia, constituye una revolución que cada ser puede tomar o dejar a su antojo con plena libertad. El cazador de tiempo, el fotógrafo que lo es, ha alcanzado, en algún momento de su historia esa justa y concreta iluminación. Mas si el instante es el ladrillo esencial con que se construye el tiempo, si representa lo que el átomo representa al espacio, y llega a la altura propia del Romanticismo, deberíamos llegar a considerar la posibilidad, al menos, de que toda búsqueda de lo más grande pudiera radicar en lo más pequeño y que, en el fraccionamiento del instante, en su sucesiva y penetrante descomposición, pudiéramos descifrar las claves de la eternidad del mismo modo a como la mecánica cuántica pretende encontrar la clave de la composición primera de la materia en la sucesiva descomposición del átomo. Sucede así que lo pequeño se hace infinitamente grande. El cielo se reproduce en la tierra, lo de arriba está abajo, tal y como nos ha sido transmitido por el saber medieval hermético. Es a su vez cierto que el espacio y el tiempo parecen convivir juntos en armonía y que todo lo que afecta al uno parece traspasarse al otro. Tiempo y espacio, -instante y realidad tangible-, se casan y conforman esa presencia que conforma el ahora, el único momento aprensible en cualquier caso, pero aprensible para, una vez aprehendido, fugarse de nuevo y caer en las manos de un pasado que le devorará, digiriéndolo primero en pretérito imperfecto y luego en pasado perfecto o pluscuamperfecto, es decir, desde el reciente haber estado presente y apenas olvidada la anterior presencia, para después y, sucesivamente, hacerle caer en el pasado que llega al olvido (por otra parte, el olvido es el precedente del recuerdo, pues para recordar es preciso olvidar primero; el recuerdo regenera en Historia). Con el tiempo pasado, con el instante recién nacido y recién muerto, cae también la realidad que llamamos tangible, cae el suceso que vivimos, la experiencia vital, se cierra el telón del escenario que conforma un tiempo concreto y determinado, de ahí que sea imposible separar tiempo y espacio y de ahí que el fotógrafo, -esto es, el cazador de tiempo-, pretenda evitar precisamente que, el tiempo y el espacio que a él concretamente le importan, caigan en el olvido. El cazador de tiempo dispone de un olfato especial para elegir los instantes concretos que ha de secuestrar con su cámara. Evidentemente le resulta imposible obtener todas las instantáneas que componen el cuadro de la vida, bien se trate de la vida propia o de la vida en general. En ese caso, el fotógrafo dejaría de ser hombre para ser únicamente fotógrafo, es decir, todo su ser se centraría en la mera expectación, en la inactividad. Reduciéndolo al absurdo encontraríamos a alguien ocupado únicamente en observar y disparar constantemente. Desde un punto de vista oriental esto podría constituir una forma de anular el yo, quizás un camino para encontrar la iluminación, una manera de estar en el mundo, -sólo estar-, para dejar de ser, pero desde el punto de vista de occidente tal cosa representaría una manera de inacción no asumible en nuestro entorno cultural. La acción caracteriza al hombre occidental, en contraposición a la tendencia a viajar hacia el yo profundo para anular la máscara social y penetrar en las verdades esenciales del universo que caracteriza a Oriente, o, al Oriente del que, hasta ahora, ha dado cuenta la Historia. El oriental se vale de la meditación, del estatismo, de la quietud, por cuanto solamente desde la quietud podemos observar algo tan corriente, -en el sentido dinámico del término-, como el movimiento de nuestro ser hacia su interior profundo, al Dios, al Atman, al Alá que habita dentro de nosotros como una manifestación de la sabiduría. El hombre occidental, por el contrario, tiende al conocimiento, no a la sabiduría. Si el camino a la sabiduría parte desde la quietud, el camino hacia el conocimiento requiere un impulso hacia delante, esto es, un moverse, ponerse en la búsqueda de lo que se quiere conocer. Para entender bien esto último que se quiere decir debemos distinguir que el sabio no necesita conocer porque ya sabe, y que el hombre común, por su parte, busca el conocimiento porque no sabe. El que sabe ha llegado a la meta, está en la quietud o próximo a ella, tiende naturalmente a estar quieto. El buscador del conocimiento necesariamente ha de moverse, le rige un impulso, un apetito que debe saciar, el hambre de conocimiento se torna así incontrolable, pero el conocimiento, a diferencia de la sabiduría, no viene del estatismo, no se alcanza por la iluminación mística o ascética. “Dios sabe pero no conoce, el hombre conoce pero no sabe”, es la frase que sirve de ejemplo. El cazador de tiempo no resiste la inercia al movimiento. A pesar de que contradictoriamente busque la obtención de un instante digitalizado (o, en versión analógica, un negativo), y un instante que representa precisamente la quietud, él debe necesariamente permanecer en constante movimiento observando las distintas manifestaciones de la vida para luego congelarlas. No se oculta que el cazador de tiempo se va construyendo poco a poco y que, en realidad, se antoja un observador de la realidad que actúa expectante pero moviéndose. Antes de ser absorbido por el gusanillo de la fotografía sus ojos ya habrán sido cámaras metafóricas, -valga la analogía-, pues es cierto que, en sentido analógico, los ojos de aquel que un día se convertirá en fotógrafo, van haciéndose, se van moldeando desde su interior curioso. Parte pues de la curiosidad por el mundo y por cuanto le rodea, se sirve del órgano visual como primer sentido para entender el cosmos, (en realidad el ojo es, de los cinco sentidos, el órgano más importante en sentido jerárquico, o, dicho en sentido inverso, del último que, en caso de necesidad, prescindiríamos). Pero los instrumentos orgánicos de poco o nada valen si carecemos de la curiosidad por conocer, -quizás éste sea el verdadero elixir de la eterna juventud que buscaban aquellos mediocres buscadores de tiempo a quienes me refería al principio de la andadura de este ensayo)-, y esa semilla, presente sólo en nuestro interior, está muy vinculada con el espíritu que hemos desarrollado a lo largo del tiempo o, quizás, con nuestra predisposición a merodear en cuanto nos rodea para, no simplemente indagar la superficie de las cosas, sino, a su través, mirando en su fondo interno, es decir en su esencia, alcanzar el conocimiento de lo que son. Los ojos que ven, que observan el mundo, que silentes se mueven con sigilo, -como lo hacen los ojos del tigre sumidos en el fresco y tupido telón de la jungla-, poco a poco, a medida que se recrean en la visualización de las imágenes, a medida que las degustan y las paladean luego con el recuerdo, (quizás la primera fotografía del hombre se hizo al cerrar los párpados y tras su telón delgadísimo recordar el instante captado), sucede que necesitan algo más. De pronto llega un día en que esos ojos que han visto y sentido el mundo, que lo han amado hasta la delectación, necesitan hacer el recuerdo tangible, pues ya no basta aquel primigenio revelado consistente en simplemente recordar exhaustivamente un instante visualizado, reteniéndolo en la memoria. Aquella labor simple e iniciática de conformarnos con un simple guiño del ojo que discriminaba con su cerramiento la realidad anterior que queríamos diseccionar, poco a poco va necesitando el revelado real de la imagen, la impresión del instante corpóreo y unido al espacio, indeleblemente anexionado a una imagen. El tiempo no es invisible, sino que está concernido por su unión carnal e inseparable con el cuerpo, con la materia, con el espacio, razón por lo que cualquier ensayo que argumente en torno a una fotografía, como la que sirve de punto de partida ahora, no puede eludir pronunciarse con respecto a ninguna de estas dos dimensiones del universo conocido. Nuestro mundo está hecho de espacio-tiempo, y el cazador de tiempo también caza realmente una porción de espacio, se establece la recreación de un suceso pasado. Quiere congelar un instante, pero no la concreción del tiempo, sino, más bien, busca la congelación de lo sucedido en ese instante, la escena que se ha construido; quizás el cazador de tiempo, -no se me oculta-, sea en realidad un cazador de imágenes, pero, sin dejar de ser una cosa u otra, prefiero entender,-entre otras cosas porque la denominación me concierne-, que todos los fotógrafos somos cazadores de tiempo, pequeños buscadores de la eternidad. Lo ocurrido se devuelve constantemente al presente, cada vez que lo recuperamos, pertenece al ahora, habita la presencia de las cosas cotidianas, y llega a cierta eternidad doméstica a la que, de no haber sido captado, nunca pertenecería. Tiempo y espacio se unen inexorablemente. Esta es la belleza de la circunstancia, su grandeza, todo ello servido en la planicie laminar, delgadísima, de una fotografía como la que ilustra el presente libro. El primer día de agosto del verano de dos mil siete, hace más de un año, tuve la suerte de captar la fotografía en torno a la cual pretendo dejar mis reflexiones. No suele ser frecuente que la fotografía del verano aparezca el primer día que disfrutas de las vacaciones, ni suele ser frecuente tampoco que la mejor fotografía del verano se convierta, al mismo tiempo, en una de las mejores que conservas. Esta fotografía creo que es de las más bellas que he obtenido desde que me convertí en un cazador de tiempo, cosa que sucedió hace ya muchos años durante el transcurso de una excursión a la montaña que preparó un amigo de verano; aquella noche dormimos en una cabaña de pastor y saqué algunas fotos. En una de ellas podía verse, al fondo, como una parte no central de la fotografía, el ventanuco de la cabaña decorado por una jarra de cerámica. Días más tarde, ayudado por unas tarjetas postales, conseguí centrar ese rincón concreto de la estancia tapando primero el resto de la instantánea. Lo que observaba me pareció muy bello y la estética de la imagen me cautivó mucho. Ese momento de mi propia vida, visto ahora con la perspectiva de los años, supuso mi iniciación en la fotografía y un cambio sustancial en mi manera de hacer frente al mundo. Desde entonces, me he parapetado detrás del objetivo con la única pretensión de extraer los instantes que me resultan más sobresalientes. He de decir a este respecto que la infancia de mis hijas supone el motivo fotográfico más estimulante para mí y ello explica que la foto de la que se ensaya tenga que ver con ellas, con un momento de su actual existencia que tuve la fortuna de captar entonces. Aquel día afortunado habíamos disfrutado muchas horas en la playa de Toranda, en Niembro, un pequeño pueblo del concejo de Llanes, en Asturias. Las personas que estamos acostumbradas al verano del Norte aprovechamos mucho los días muy soleados, apurándolos hasta que llegan las últimas briznas de luz. Ese día nos quedamos hasta muy avanzada la tarde, resultando que la playa fue vaciándose poco a poco permitiendo que el escenario fotografiado que aparece en la imagen se quedara expedito para mi propósito. Aprovechando que ese año habíamos comprado unos sombreros de paja para nosotros les propuse a las niñas que jugaran con ellos puestos, quizás porque me había dado cuenta de que los sombreros eran un objeto fotográfico notable que alimentaría extraordinariamente la imagen. En efecto así fue. Estaban preciosas con los sombreros y, por ello, empecé a tirar “en sepia” una serie de fotografías procurando que apareciera el recorte de la parte lateral derecha de nuestra querida playa de Toranda, un espacio que me parece sobrecogedor por cuanto concentra en él, limpiamente, la terminación de la tierra y el encuentro con el océano. Las fotos me fascinaban (podía verlas justo en el instante en que eran captadas por la cámara antes de que el visor me devolviera las nuevas imágenes que podía recoger en mi cesta), por lo que me mantuve un buen rato tirando y tirando fotos consciente de que podría elegir, de entre todas ellas, las que luego pasarían por el tamiz de una selección más rigurosa. De pronto ocurrió algo totalmente fascinante. Con el rabillo del ojo pude observar que una gaviota se aproximaba a nuestra posición en el espacio y entonces me di cuenta de que, con un poco de suerte, si no variaba su trayectoria, se colaría de rondón en la fotografía para hacer de la misma una de las fotos más bonitas que he podido obtener. Los momentos que transcurrieron hasta que efectivamente la elegante gaviota se introdujo en nuestro escenario improvisado (de algún modo puede decirse que, dada la ausencia de otras personas, lo poseíamos plenamente) se caracterizaron por ese estado del ánimo que te hace sentir mil aguijones en el estómago, se trata de sensaciones que experimentas cuando vives algo nuevo que te saca de la rutina. Aunque el resto de las fotografías son verdaderamente hermosas y nada despreciables, nada parecía sacarme de la rutina habitual, nada parecía indicar que ese día aparecería una foto muy por encima del resto, una de esas instantáneas que surgen muy de vez en cuando, de esas que a veces tardan años en ver la luz. Yo sabía que la gaviota dentro de la foto introduciría un matiz sumamente diferenciador con respecto al resto de las fotos que estaba sacando, pero, del mismo modo, también era consciente de que sólo tendría una oportunidad para captar al pájaro planeando por encima de las figuras de Carmen y Blanca. Si no aprovechaba ese momento, la imagen pasaría a la Historia, todo habría sucedido en el presente, el mundo podría dar cuenta de un suceso verdaderamente hermoso, pero nadie podría recuperarlo, y, tal cosa, de haber sucedido, me hubiera generado una enorme frustración. Afortunadamente pude cazar la gaviota justo en el instante en que se entrometía en nuestra vida por la esquina lateral superior izquierda, es decir, pasó lo que tenía que pasar, sucedió que nuestra pequeña Historia doméstica, (nuestra intra-historia), se alimentó de un suceso hermoso que pudimos congelar en el tiempo. El marco de espacio y tiempo que compone ese fugaz momento de nuestras vidas no ha caído en el saco roto del pretérito no recuperable, sino que sigue formando parte de nuestro presente, y ello al punto de que, hoy por hoy, una considerable ampliación enmarcada de la instantánea se encuentra colgada en el salón de casa permitiéndome recordarlo cada vez que mi mirada penetra en ella y me permite sumergirme en ese pozo inmenso de eternidad donde suelo bucear con el pensamiento. El pasado hecho presente, la plasticidad de una imagen que sólo ocupó un ínfimo momento de la Historia Universal, -como tantas otras igualmente bellas que durante ese día pudieron acaecer pero que, sin embargo, no fueron captadas-, ocupa un espacio concreto de la pared del cuarto de estar, tiene presencia cotidiana, y nos devuelve la luz de un suceso significativo en nuestra vida.
Ahora, pasado ya un año, pretendo varias cosas, entre ellas descomponer esta imagen en palabras, traducirla al lenguaje literario, privarla de su plasticidad, de su cromatismo, convertirla en negro y blanco, buscar toda su esencia espacio temporal en estas líneas, revivir el momento, si bien de otro modo, estirar su presencia, sentir que aún está viva, que tiene presente y futuro concreto. Su presente, colgada en el salón, parece evidente, y su futuro deviene marcado por la trayectoria de este ensayo. Ahora soy yo la gaviota que, con mi vuelo planeando, pretendo introducirme de nuevo en la escena dejando el vuelo de la pluma sobre el papel. Esta vez, a diferencia de lo que ocurriera antes, soy dueño y señor de mi propio vuelo, al menos eso creo, -quizás con cierta inocencia-, y por ello desciendo del cielo de la imaginación para llegarme espiritualmente al momento en que mis hijas disfrutan del regazo de la playa.


