Hoy siento flotar en mi mente la acampada anual que, cada año, unos cuantos hombres realizamos con nuestras hijas y, porque flota en mi recuerdo, revivo la experiencia reescribiendo, lo cual deviene otra suerte de resurrección. Alfredo, Luis, Mauro, Arturo, Cholo y yo mismo partimos a Vinuesa con nuestras pequeñas para acampar en un bosque de pinos albares de ciento cincuenta años. Seis adultos, doce niñas y dos niños. Todo un campamento.

El viaje delicioso, deslizándonos por la alfombra de asfalto, -Cholo viajó en moto-, cubriendo el recorrido entre Palencia, Lerma, Covarrubias, pasando por el Monasterio de San Pedro de Arlanza y todo un valle hermoso regado por el río del mismo nombre, hasta alcanzar luego Salas de los Infantes, penetrando después por la sierra burgalesa de Quintanar, pasar por Duruelo, y, finalmente, Vinuesa. Castilla y León me parece precioso. El día nos permitió desplazarnos suavemente, sintiendo el paisaje en el descanso de la retina.

Llegamos con la luz justa para montar las tiendas de campaña, todo un ritual que, con la inestimable ayuda de Alfredo, pudimos concluir a tiempo. La noche cubrió el bosque y cenamos en el camping. Luego, las niñas se acostaron estimuladas por la excitación del momento, pero nosotros nos quedamos tomando orujo a la intemperie bajo un cielo que exhibía toda la belleza de sus constelaciones. Alfredo podía subrayar cada una con su pequeña linterna. Se transformó en un profesor con pizarra cósmica. No se puede describir lo que se siente en momentos de semejante intensidad. Catarsis de hombres casados, -uno separado-, unión grupal bajo el efecto enervante de las mismas hormonas. Esto resulta impagable. Después de la catarsis, a dormir. Una vez en mi habitación, cerrada la tela con la cremallera a modo de crisálida, enfundado en el saco, sintiendo el viento de fuera, el aire penetrando levemente por las entretelas de la tienda, paladee el momento, un momento que tarda un año en producirse, un tiempo de plena emoción que es un solsticio álgido. Las imágenes del día pasan por mi mente de nuevo. Me quedo con la belleza de los pinares de esta zona, -las formas de los pinos son de una belleza indescriptible- y con el cielo cósmico que acabo de ver.

La luz nos despierta pronto. Hay que aprovechar un día que se barrunta bueno en medio del desconcierto de los lluviosos días precedentes. Nuestro destino es la laguna negra. Acercamos los coches hasta un punto en que comienza una corta andadura. Cuando llegamos nos deslumbra la belleza del lugar, su negro reflejo de pizarra, las colas de la cascada. Mi cámara siente la necesidad de devorar imágenes y me presto a satisfacer ese apetito incontenible. Llevo analógica y digital, son mis dos ojos. Me recreo en los niños entrometidos inocentemente en el paisaje, cercanos a las riberas de la laguna, encaramados a las rocas. Luego escalamos un poco para llegar a las cascadas y, tras ello, regresamos en busca de un lugar para comer. Nueva catarsis de hombres, ésta vez bajo mantel, café y copa.

La tarde se presenta bien. Vamos a Regumiel de la Sierra buscando huellas de dinosaurios, dormitamos junto a esas huellas prehistóricas, impuestas sobre el suelo cuando el hombre aún no había iniciado su tiempo, su recorrido en la tierra. Junto a mí, Miki, un chico en torno a los diez años, sufre las bromas que le hacemos por lo infructuoso de su tentativa de ligue nocturno, pretendiendo adentrarse en la tienda de las chicas. Al fin, entiende la dificultad de comprensión del género femenino y se integra con nosotros. Nueva catarsis. Tras la tarde buscamos el refugio del camping para adecentarnos y luego buscamos un mesón para cenar en Vinuesa. A la vuelta nos espera de nuevo el cielo, el orujo, y nuestra charla profundamente masculina. El sueño nos llega pronto por el agitado día que hemos vivido y, seguros de que las niñas han caído en el sopor de sus dulces ensoñaciones, nos despedimos hasta el día siguiente.

Amanece nublado, pero tenemos suerte para desmontar la tienda. Al ir a la ducha descubro a unos vecinos ingleses, una pareja aventurada en España. Converso un poco, les hago saber que recorrí toda la costa de Inglaterra en mi viaje de novios y que me fascina el paisaje de la isla y también su historia, que he leído. Les doy la bienvenida a España y me despido. Desmontamos las tiendas y partimos hacia Calatañazor. Alcanzamos la línea del Duero que fue arrebatada al Islam como un primer avance de reconquista. El día deviene en recuerdo de la memoria histórica, la registrada por la sabiduría, que explicamos a las niñas. Antes de comer visitamos el famoso sabinar de Calatañazor. Yo, que estaba encantando con el de Antiguedad, me quedo petrificado. Estas plantas engrosan medio centímetro cada cincuenta años, por lo que calculamos enseguida su milenaria antigüedad y nos maravillamos. También visitamos " La Fuentona", preciosa y, tras la comida, nos dirigimos al Burgo de Osma, sede obispal, ciudad de profunda raigambre en nuestras raíces castellanas. El tiempo huele y lo aspiro para adentrarlo en los pulmones. Castilla deviene inmensa en la Historia humana. Algunos no lo saben.

Regresamos a Palencia por Aranda de Duero, dejando a un lado San Esteban de Gormaz, -otro enclave importante de la reconquista-, perseguimos el rastro que nos lleva nuestra ciudad pero, al alcanzar un páramo entre el Duero y el Esgueva, Paloma, -mi hija adoptiva de este fin de semana-, mis hijas y yo, descubrimos el mar de cereal movido por el viento. Hay una luz preciosa de fin de la tarde y no puedo resistir la tentación. Bajamos del coche y nos bañamos en el mar de cereal. Disparo fotos sin cesar. Ellas se dejan y ríen con inocencia. Mis cámaras, saciadas, digieren sus imágenes.