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La Coctelera

EL ALMIRANTE LITERARIO

Soy almirante y marinero. El maestro es aprendiz. El aprendiz es maestro. La aventura está en el principio y en el fin.

22 Mayo 2008

HABITACION DE HOTEL CON VISTAS A LA MUERTE

Cuando llegué a la habitación de aquel hotel, algo extraño por inhóspito y desatendido, no podía dar crédito a lo que veían mis ojos. La habitación ofrecía un aspecto desordenado, ni siquiera había sido hecha la cama, y estaba sin ventilar. Lo único que llamó mi atención fue la mesita de noche. Junto a ella reposaba un libro grueso. Lo abrí atraído por la fuerza de gravedad que la curiosidad literaria siempre incitaba en mí, y encontré que sus páginas estaban en blanco. Debido a ello lo cerré.

Luego descolgué el teléfono para llamar a recepción, pero, tras múltiples intentos, no lo conseguí. Decidí acudir yo mismo, pero cuando intenté abrir la puerta estaba cerrada con llave. No pude reaccionar ante semejante estado de cosas, pero no tenía muchas opciones. Las ventanas también estaban cerradas, por lo que resultaba imposible salir de allí. Mi móvil tampoco tenía cobertura. Algo extraño estaba sucediendo en esos momentos tan tensos. Siempre que se me presenta una situación difícil suelo relajarme haciendo cosas, de manera que improvisé sobre la marcha decidiendo ordenar la habitación. Empecé por hacer la cama y luego coloqué mis cosas en el armario, algo totalmente absurdo si se piensa que no tenía resuelto seguir allí por más tiempo.

Dos horas después, la situación se mantenía tal y como al principio. Nadie cogió mis llamadas en recepción, ni nadie se pasó por la habitación. Pasé esas horas tumbado mirando al techo, el cual se cernía cerrando la atmósfera a mi alrededor. Parecía estar prisionero, pero aún no me atrevía a asegurarlo porque no encontraba ninguna justificación que pudiera explicar la falta de libertad. El tiempo se hacía lento y blando, y el día se tornó gris y melancólico. Tenía hambre, pero era inútil comunicar con cualquier dependencia del hotel.

Movido por el ánimo de rellenar el tiempo tomé de nuevo el libro que reposaba en la mesita. Comprobé que, a diferencia del momento anterior, algunas páginas aparecían escritas. Para mayor sorpresa mía, el libro relataba con todo lujo de detalle lo que me había acontecido durante el tiempo que había permanecido en la habitación hasta que yo mismo comenzara la lectura del libro, pero cuando llegué a ese aparente punto final comprobé que, ante mis ojos, el propio libro proseguía escribiéndose relatando mi propia experiencia leyéndolo, con rendición puntual de todo lo que había hecho desde que lo tomara y también de mis propios pensamientos, los cuales se revelaban a las claras sin censura y con plena exactitud. Era asombroso lo que estaba sucediendo y no daba crédito. Me pellizqué y estaba despierto.

Cerré el libro de nuevo imaginando que su prosa se seguiría desarrollando a medida que el tiempo cumpliera el destino de rellenar los huecos del porvenir. Era mi agenda diaria, la minuta detalla de mi estancia en un lugar tan extraño como aquel. Tenía muy pocas cosas que hacer, a salvo de seguir intentado lo inútil, es decir, comunicarme con el exterior. A las cuatro horas de permanencia decidí establecer un tiempo concreto para esa labor, el cual establecí cada cinco horas, dejando huecas, por supuesto, las propias del sueño.

Ante situaciones de imposible solución recordé que los chinos aconsejan no hacer nada, pero tal pensamiento acudió a mi mente después de que infructuosamente intentará derribar la puerta y luego romper los cristales de la ventana. No podía salir de allí y la impotencia solamente me generaba ansiedad, de manera que tomé la decisión de tomar un prolongado baño de agua caliente. A las diez de la noche, cuando las yemas de mis dedos presentaban ese aspecto arrugado consecuencia del largo contacto con el agua, me sequé y me dispuse a dormir. No conseguí conciliar el sueño fácilmente pero al cabo de unas horas caí rendido por el cansancio.

Cuando desperté comprobé que alguien había dejado el desayuno sobre la mesa. Junto a él había una nota que decía: " Aprovéchelo, y disfrute del último desayuno de su vida". Me resultó espeluznante leer aquello, pero lo más curioso del caso es que aproveché aquel desayuno regalándome un momento de placer inmenso. Luego abrí el libro releyendo de nuevo mi historia en el lugar. No tenía más cosas que hacer en el hotel, pero cierta sonrisa irónica me devolvió el sentido del humor cuando me percaté de que aún no había abonado la estancia. Algo era algo.

Cuatro días más tarde las cosas seguían igual. Estaba hambriento, aunque afortunadamente podía beber. Acusaba debilidad y cansancio, por lo que no salía de la cama nada más que para hacer algún paseo ligero que me permitiera guardar cierta flexibilidad. El libro dejó de interesarme al tercer día y ya no lo volví a abrir. El mundo se había cerrado para mí y no esperaba nada.

A la mañana siguiente alguien dejó un smoking precioso colgado del respaldo de la silla. Otra nota aparecía escrita. Decía lo siguiente. " Distinguido cliente, la dirección de este hotel le comunica que, siguiendo los pasos del destino, ha entrado usted en una de nuestras especiales habitaciones dedicadas al servicio de una dama muy exigente con la que habrá de encontrarse puntualmente hoy a las doce de la medianoche. Esta dama tan selecta de nuestro establecimiento reclama la vida de algunos clientes que, como usted, tienen que dar el último paso. La muerte no es algo que deba asustarle. A lo largo de nuestra vida comercial muchos clientes la han experimentado sin ansiedad y con plena sabiduría. La justicia de la llegada de tan especial momento en la vida de una persona es algo que nosotros no podemos valorar, pero, de algún modo, todo está programado por el destino y es inútil que usted no lo acepte. No tenga la menor duda de que la dirección del hotel comunicará a sus parientes cercanos la luctuosa noticia que se le presenta. Cuando usted muera el libro mágico que ha encontrado en su mesita cambiará su redacción actual por otra en primera persona, tal y como si usted mismo lo hubiera escrito, y luego, tras leerlo, procederemos a destruirlo en el fuego purificador. Le deseamos que su último momento en la tierra le complazca y que, para posteriores reencarnaciones, nos tenga presentes. Muchas Gracias y sentimos, de verdad, las molestias. Que descanse usted en paz". LA DIRECCION.

Al contrario de lo que pudiera en principio parecer más lógico no me desanimé. Había vivido la vida con cierta riqueza espiritual y también había logrado disfrutar de las cosas materiales. Quedaban mis cercanos parientes, a punto de desconsolarse, pero ya nada parecía que podría hacer yo. El mundo me había parecido precioso, un regalo, atendidas las privilegiadas condiciones de mi nacimiento, en el seno de una familia acaudalada, y la suerte relativa que había tenido si la comparaba con la de los miles de millones de seres humanos rendidos a la resignación de la pobreza más absoluta. La muerte era ya la única incógnita que cabía despejar y quizás, aunque algo adelantada a mis cincuenta y nueve años de edad, lo único que me ataba a la vida. Era un ser prescindible.

A media tarde de aquel día último el ocaso se pincelaba con intensos colores violetas, muy apropiados para el momento que vivía. Era un impresión pictórica hermosa y delicada, un lienzo que antecedía a mi propia desaparición. No ser, dejar ser, dormir, tal vez soñar, me decía a mí mismo en ese soliloquio sólido que empecé a pergeñar en mi interior. Morir no podía dejar de ser algo dulce, un encuentro misterioso, precioso, en su esencia, si consideraba, como yo había creído concluir, que la muerte era una invención de la naturaleza tan hermosa como la propia vida. Dos horas antes de mi cita cogí un libro de Lorca que siempre me había acompañado en todos los viajes. El libro Unía antológicamente el "Romacero Gitano" con " Poeta en Nueva York". Me quedé con el primero. Un yunque de plata para mi cuerpo mediando la luz de la luna servía perfectamente como metáfora para disponer mi presencia ante la Dama. A las doce menos cinco ya estaba elegantemente vestido con smoking. A las doce, tras la última campanada, sentí dar un paso hacia ninguna parte y luego me desvanecí. Eso fue todo, tal y como recoge este libro blanco que ahora habrán de

servido por almiranteliterario 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

m-r-r

m-r-r dijo

ufffffff es claustrofóbico, quizás yo entraría en rabia, montaría en colera o no, pero esperar la muerte, lucharía.-

22 Mayo 2008 | 11:53 AM

almiranteliterario

almiranteliterario dijo

Bueno, es una ficción quizás, refleja la aceptación de la vida, la inutilidad de oponerse a lo que está determinado, pero puede hacerse una variación del cuento. Ya lo pensaré. Gracias.

22 Mayo 2008 | 11:55 AM

lacrisalida

lacrisalida dijo

MMMMMMMMM!! CREO SI LA MEMORIA NO ME FALLA QUE MUCHAS COSAS PARECIDAS HAN OCURRIDO EN UN HOTTEL O UNA HABITACION DE UN HOTEL, EN REALIDAD TODO PUEDE O PUDO SUCEDER SEGUN DESDE EL CRISTAL CONQUE SE MIRE.....
MIL BESITOS

22 Mayo 2008 | 05:34 PM

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Sobre mí

Inmerso en el océano de la literatura navego en estas aguas procelosas, siendo marinero y almirante, corazón y cerebro, alma y cuerpo, luz y sombra, surco poniendo la proa de mi imaginación rumbo al destino que me corresponda, afronto tempestades, y entonces echo de menos la lisura de las aguas, o navego en calma ensoñando tempestades, pero siempre ando entre esta humedad literaria que esponjo leyendo y devuelvo escribiendo, tal es mi inevitable destino solitario. Llevo cuarenta y cinco años viviendo, a punto de cumplir los cuarenta y seis, viejo lobo marino me han hecho los mares, ellos me han construido, no yo a ellos, que nadie se confunda, que ellos escriben por mí y yo les leo, tal es la convivencia al punto armoniosa, aunque aceptada. Si tú también navegas, si sabes lo que eso significa, se bienvenido a bordo, aquí encontrarás el alma de un Almirante literario que no deja de ser un marino en cubierta.
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