Ya no quiero entender el mundo. No lo abarco. Me conformo con la construcción del hombre en que me quiero convertir, disfruto de este anonimato en donde encuentro refugio y resulta que la lentitud se ha convertido en un experimento necesario. Adoro la lentitud, la pausa que nos permite observar nuestros movimientos. Me afeito lentamente y lentamente me ducho, leo, paseo, nado, hablo, medito, y hasta me canso, pues lentamente me he ido cansando del mundo y hasta del propio idealismo que antes lo sustentara. He concluido que el mundo podría existir sin mí, que nada se modificará cuando algún día cierre los ojos definitivamente. Lo único que le aporto al mundo es mi mirada, y desde ella, la interpretación más o menos acertada que yo pudiera hacer.

Mi mirada, como la de todos, resulta una parte infinitesimal de la mirada de Dios. Dios está expuesto en todos los ojos que diariamente se abren mostrando alegría o tristeza, tranquilidad o desesperación, inocencia o perversidad, sombra o luz, hambre o hartazgo. Seis mil millones de miradas son la mirada del creador, si es que, naturalmente, éste existe y todo encuentra causa en él.

La vida es una aventura magnífica en la que cada cual tiene la obligación de encontrar la puerta de salida hacia la salvación. Pero, curiosamente, nada de esto se hace posible si no miramos adentro, si no viajamos al yo más profundo. Hay seres que se han empeñado en salvar el mundo, pero el mundo siempre será el mismo. Lo único que cambia es nuestra conducta dentro del marasmo. Quizás, si me apuran, hasta tiene sentido un mundo revuelto si es que el injusto desorden existente tiene como fin que cada individuo encuentre una respuesta al drama de la vida. Y en eso me hallo, dejo aparte el mundo televisado, es decir, los avatares de la Historia servida en tiempo real y en nuestro propio cuarto de estar con el único objeto de que sobre ella nos distraigamos. La injusticia del mundo tiene por único sentido motivar nuestra respuesta interior, sólo eso. Los poderosos, seres inseguros y débiles, siempre estarán ahí para proyectar sobre nosotros sus frustraciones, pero nosotros, como el clásico griego (no sé si Diógenes), siempre podremos decirles que se aparten un poco para no hacernos sombra mientras tomamos el sol.

Voy encontrando cierta tranquilidad apetecible a pesar de las cosas que no me gustan. No se puede luchar contra una corriente brava que impone delante de nosotros lo injustificable, ni se puede luchar contra una sociedad que quiere prescindir de la autoridad sabia, del magisterio de los que más saben. Frente a esta osadía de una sociedad que quiere decidir por sus gobernantes, y frente a unos gobernantes temerosos que deciden esperando el asentimiento de los ciudadanos, nada puede hacerse a salvo de encontrar refugio en uno mismo.

El padre de Mari Luz, la niña asesinada, representa uno de los más claros ejemplos de lo imposible que resulta al político luchar contra la dignidad, y un ejemplo, al mismo tiempo, de cómo podemos afrontar la injusticia desde la sutil construcción del espíritu. Un hombre sencillo, pero inteligente y sabio, dotado de un sentido común inaudito, es el ejemplo de lo que debemos hacer. Construirnos hasta el punto de que nuestra dignidad, por no tener marcha atrás, no pueda ser adquirida a precio del mercado. Frente a cualquier circunstancia dramática, sólo nos salva nuestro interior, pero ese interior sucede que no se improvisa, antes responde a un largo camino basado en muchas renuncias y en alguna que otra aceptación. Es el orgullo del corazón, propio de los hombres honestos, lo que nos salva. Es el orgullo de las maneras, propio de los necios, lo que nos conduce al abismo del verdadero infierno. En una sociedad como la nuestra, en cuyo seno la vanidad tiene asiento, las maneras se antojan formas, simples formas que pretenden ocultar nuestro interior más débil. Ya no quiero entender el mundo. Me conformo con intentar encontrar mi fortaleza.