EL ALMIRANTE LITERARIO http://almiranteliterario.lacoctelera.net Soy almirante y marinero. El maestro es aprendiz. El aprendiz es maestro. La aventura está en el principio y en el fin. es-es Cultura leer escribir soñar the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com poema http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2010/01/19/poema 2010-01-19T14:46:15+00:00

La luz del mundo alza su ser esbelto

por las anchas rutas del cielo claro,

sendas muy oscuras alumbra al paso,

densidad suya el día pleno.

Al alba madruga presa del tiempo,

y corre desnuda buscando el alto

hermoso misterio del Sol más bravo,

mas se cansa luego y cae en descenso

buscando la siesta que trae la tarde,

café vespertino con tiento toma,

con limón muy agrio, el orujo arde,

y quema el poniente, naranja sola,

cuchillos oscuros hieren su carne,

invisible muerta, nadie la toma

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NACIMIENTO DE UNA PALABRA http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/11/10/nacimiento-una-palabra 2009-11-10T14:39:34+00:00

Una mañana nueva amaneció en la ciudad de papel. La letra “s”, sinuosa en su forma, se levantó triste, pero se desperezó y salió a la calle. El día estaba un poco nublado porque la letra “o” se había desprendido del Sol. Amortiguó la caída aprovechando su colchón circular y como necesitaba jugar, -¡cuán fácil lo tenía!-,  se dispuso a rodar como un aro. El astro rey se quedó a medio gas sin la “o“, pero había luz de sobra cuando la letra “r”, un poco más perezosa que las otras, despegó sus labios. A la letra “r” le costaba pronunciarse, -ésta era la manera de despertar que tenían las letras de aquel país hecho de caligrafía pura-, pues había un no sé qué en el arranque que parecía detener su despertar. Errrrrrrrr......, semejaba el motor estropeado de un coche, pero al final siempre lograba pronunciarse a sí misma. La letra “p” llevaba paseando insomne toda la noche cuando la letra “o”, que rodaba despistada, se le pegó. La “p”, mostrándose rotunda, se molestó bastante, pues cuando las letras se pegaban no resultaba fácil que se pudieran soltar, pero, con protesta o sin ella, no le quedó más remedio que caminar junto a la “o“.

La calles de la ciudad de papel eran folios en blanco. Las letras andaban juntas formando fonemas, palabras, frases, o quizás cosas sin sentido, pero muy rara vez ocurría el suceso excepcional del nacimiento de una palabra. Sin embargo, El fonema “po” no estaba bien avenido esa mañana, -pues ninguna de las dos letras había consentido tal matrimonio-, de manera que pidieron ayuda cuando se encontraron con la “r“. Para separarlas, a la “r” no se le ocurrió mejor cosa que tirar fuertemente de la “o”, y entonces las dos se unieron formando el fonema “or”. La letra “p”, muy gentil, -siempre lo era-, fue a agradecer a la “r” lo que había hecho, pero, al darle la mano, se quedó nuevamente enganchada. Ahora, estaban las tres juntas formando el vocablo “orp”

La letra “s”, cansada de su solitaria existencia, se unió al grupo. Tras dar los buenos días de rigor pidió por favor que la dejaran ir con ellas, y como era un poco egocéntrica se puso la primera. Así nació “sorp”, un vocablo que no decía nada y que, más bien, sonaba anodino. Algunas calles más allá, concretamente en la calle de la música, la hermana gemela de la “r” se había unido a la vocal “e”, a la que siempre recurría para formar la nota musical “re”. Venían silbando en sentido contrario sin ningún propósito concreto, pero se sintieron tan ofendidas por ese extraño sonido que conformaba el apandillado vocablo “sorp” que, cuando se encontraron con él, no pudieron evitar dirigirse en estos términos. ¡Pero si no sonáis a nada!, -espetó la “e”, que era una experta lingüista y una de las letras que, por ser de las vocales más necesitadas, todo el mundo respetaba-. El silencio vergonzante se abrió como un abismo, pero la “r” gemela se compadeció de su hermana, involucrada en aquella comparsa fonética que nada decía. ¡Está mi hermana en este grupo! ¿ No lo ves?, -reconvino a su vez a la “e”-. “ No quería molestarte...”, -contestó ésta-, “...pero es que, suena tan mal, que no he podido evitarlo”. ¿ A que no os unís a nosotras con vuestra musicalidad?, -interrumpió la “p”, animándolas-. La “r” gemela tiró entonces de la “e”, sin dejarla reaccionar, y ambas se pegaron a la “p” formando un nuevo vocablo que sonaba “sorpre”.

Debido a la componenda musical esto sonaba algo mejor, cierto, pero no mucho más. La “s” no dejaba de sentirse sola dentro de aquel grupo fonético, sobre todo porque estaba la primera y las demás, y más aun la “o”, no le hacían caso, -ahora pagaba el precio del protagonismo-. No hay peor soledad que la que se siente en compañía. Como la “s” era la letra que construía el plural, había muchas esparcidas por la ciudad; parecían pequeñas serpientes escurridizas a las que todo el mundo recurría cuando quería multiplicar las cosas. Una de las otras “eses” andaba libre y feliz esa mañana. Si no fuera porque aún era muy pronto se diría que estaba borracha, ya que su silueta esbozaba el clásico movimiento en zigzag de los beodos. Andaba cansina, quizás apesadumbrada, y parecía que le costaba moverse. Ya se había zafado de un par de palabras que esa mañana quisieron multiplicarse a su costa, pero el aire no le dio para más cuando la “e”, cansada de ser la última del grupo, la secuestró. Se había formado algo que nadie había escuchado nunca y que sonaba “sorpres”

¡Esto es un rapto!, -protestó con dignidad-; ¡Llamaré a la letra “A” para que arregle este entuerto!. La letra A mayúscula era la reina del alfabeto, la más digna e importante de todas las letras. Cuando otra letra requería su presencia, sólo tenía que gritar y, entonces, un eco inmenso invadía las calles en su búsqueda. Esa mañana aún estaba dormida y tardó en escuchar el eco, el cual se introdujo en sus tímpanos cual zumbido inoportuno. A pesar de que era la reina no podía descuidar sus obligaciones reales, de manera que se levantó,  desayunó un tazón de “aes” minúsculas, como hacía cada mañana, y se dirigió al lugar de donde provenía la llamada. La “s” raptada le explicó lo sucedido, y las demás letras fueron explicando todo el proceso. Al escucharlas, la “A” sintió una vibración reconfortante en el estómago que parecía preludiar algo. Siempre que iba a nacer una palabra nueva, como si de una premonición se tratara, notaba algo parecido. De pronto, en una arranque de imaginación propio de ella, -nadie más podía hacerlo en la ciudad-, regurgitó la “a” minúscula más reciente que había desayunado y la pegó al grupo. Había nacido la palabra “sorpresa”, que, aunque melódica al fin, nadie sabía lo que significaba.

Entonces, la reina, transida por una emoción indescriptible, se dirigió al grupo preguntando. ¿ A que no imaginabais que hoy, juntas, por arte del mágico destino, y sin ni siquiera proponéroslo, formaríais una nueva palabra?. ¡Nooooo!, -respondieron alegres-. ¡Pues, desde hoy, ordeno que, a esta sensación placentera de descubrir algo nuevo que no esperábamos, le llamaremos, como homenaje a vuestra palabra, “SORPRESA” . Y así, sin que nadie lo hubiera podido imaginar, nació una palabra nueva en la ciudad de papel. El diccionario, un señor muy sesudo y respetable, la apuntó por orden de la reina.

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DOS HAIKUS http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/09/16/dos-haikus 2009-09-16T13:30:37+00:00  

 

1

¿ Qué es la vida?:

Un hueco continente

que tu alma llena

2

 

¿ Qué es la muerte?

Una sombra envidiosa

que nunca vive

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FRAGMENTOS DEL RIO NARCEA. OTRO PUERTO DEL ALMIRANTE http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/08/20/fragmentos-del-rio-narcea-otro-puerto-del-almirante 2009-08-20T13:00:36+00:00

 

 

 

 

 

 

 

 

El río Narcea, a su paso por Cangas del Narcea, Asturias, es otro de los puertos habituales que el Almirante literario toca. Puerto de agua dulce que baja de la montaña para purificarle, es uno de sus lugares sagrados, y, esotérico también, le habla con ternura y le dice de sus nuevos destinos. Estos fragmentos del río son sus predilectos, dibujos que el agua serpea junto a cantos rodados,  roca negruzca y  fresnos que se apostan en las orillas cimbreando levemente. Ningún lugar para el descanso mejor que éste. Tras sus muchas navegaciones durante el año, abandona el agua salada, la soledad del mar, y se une junto a los bañistas.  Respira los pliegues de la montaña, este horizonte novedoso que siempre le cautiva, tan acostumbrado como está al horizonte plano. Recogido en los pliegues del valle, sumergido en un submundo que concentra las imágenes en poco espacio, disfruta de la riqueza que tiene esta ubicación natural de Asturias.

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NAVEGACIONES DEL ALMIRANTE. ISLAS CIES, OPORTO, ISLA DE ONS http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/08/08/navegaciones-del-almirante-islas-cies-oporto-isla-ons 2009-08-08T10:41:42+00:00 El almirante bucea en la isla de Ons, después de haber tocado otros puertos de interés. San Vicente de la Barquera le proporcionó un motivo fotográfico excelente para sus hijas. Una barca solitaria. Las islas Cies, con la playa de Roda, catalogada como una de las más bellas del mundo, le impresionó extraordinariamente. De Oporto se enamoró. Cree que Dios vive en esa ciudad hermosa. Y en Ogrove, la playa de la Lanzada, bellísima, le permitió capturar un instante sepia. Navegar es muy estimulante en verano y él, navegante, lo sabe.

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EL FUTURO PARA EL OTOÑO http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/07/23/el-futuro-el-oto-o 2009-07-23T10:37:04+00:00 La tranquilidad de julio, este viento de verano, esconde las sombras de la gente en no se sabe qué lugares de refresco, pero lo cierto es que la invisibilidad se va adueñando de las calles y, entonces,  pareces un hombre entre fantasmas. Todos, de pronto, desaparecen.

Algunos, porque no están. Otros, porque, inmersos en un tiempo vacacional desprovisto del compromiso, se hacen los desconocidos. Algunos otros, a los que, porque ya no te topas con ellos en el ámbito laboral, no te atreves a romper su intimidad. Hay individuos que no estaban en la calle, visitantes nuevos que son espectros extraños, marionetas traídas desde las sombras.

Tú mismo eres otro que también quiere pasar desapercibido en una ciudad de provincias donde desvestirse de lo que se es representa una huida. La mente esquiva el encuentro con cualquier perfil humano que te pudiera resultar conocido, te diluirías en el calor líquido del estío derritiéndote en su oceánica apariencia para simplemente desaparecer.

Todo parece tranquilo ahora. El calor detiene el tiempo y lo adensa. Cada paso parece perderse en un túnel de colores infinito, la esperanza de alcanzar un destino existe, pero se ablanda, caes en la trampa inevitable de perderte dentro del propio tiempo. Dejas el futuro para el otoño. 

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manipulacion pictorica de foto de mi hija http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/07/20/manipulacion-pictorica-foto-mi-hija 2009-07-20T14:30:38+00:00

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historia de un beso http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/07/18/historia-un-beso 2009-07-18T11:55:44+00:00

Aquella noche de camping Blanca tenía miedo y no quería dormir en su tienda, donde estaban algunos de sus amigos. Tuve que levantarme de madrugada para traerla a la mía, y en ella dispuse otra colchoneta junto a la que me embarcaría a mí en la dulce navegación de los sueños. Se quedó inmediatamente dormida, narcotizada por la presencia inmediata de su padre. Yo me quedé observando su sueño, sintiendo que sólo me separaba de las estrellas una finísima tela de acampar.  Blanca inició su navegación por el mar de la ensoñación a eso de las dos de la madrugada. Mientras llegaba mi tiempo, aguardé en puerto leyendo poesía con una linterna hasta que, como buen Almirante, también como buen marinero, decidí seguir su misma, estela. Navegar soñando con tu propia hija, marinera en cubierta, deviene experiencia indescriptible. El olor de la piel nueva, el gesto inmenso de la inocencia definitivamente capturado como con red de pesca, y esa respiración unísona con el sentido cósmico, despiertan en los viejos lobos de mar un regreso al día que tomaron su primera barca.

Después de surcar ilusiones infinitas, nubes gigantes de tiempo eterno, después de sentir la flotación, los primeros rayos de la mañana de San Juan nos despertaron tibiamente. También se escuchaban los pájaros, señal inequívoca de que habíamos tocado tierra (esto lo saben todos los marinos del mundo), de manera que despertamos juntos, unidos por la esperanza de contemplar un nuevo día lleno de experiencias. Entonces fue cuando nos besamos. La fotografía que traigo, reflejo de ese día, trae nuestros rostros deformados en esa frontera, línea por donde la piel blanda se adapta al otro rostro, pierde su definición efímeramente y encuentra un territorio común al nosotros.

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here comes the sun http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/07/18/here-comes-the-sun 2009-07-18T00:18:02+00:00

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relato de una marcha mágica http://almiranteliterario.lacoctelera.net/post/2009/07/10/relato-una-marcha-magica 2009-07-10T12:05:15+00:00  

 

 

Lo más sobresaliente vivido en el pasado tiempo de Mayo ha sido, sin duda, mi participación en la marcha hacia El Monte Viejo organizada por los hermanos Maristas, tiempo de reencuentro del urbanita con el campo que, ahora, lo es de traslado al lector atento. Fuimos pisando la tierra, esa manera que el hombre tiene de sentir bajo sus pies las palpitaciones del planeta.

Una vez pasado El Puente Mayor, tras adentrarnos por La Dársena, tomamos la margen del canal de Castilla. Siempre me ha atraído el punto de fuga que, representando el infinito, puede observarse desde esa posición, pero nunca, -lo confieso-, había recorrido la margen andando. Los árboles rendían su curvatura hacia el espejo del agua conformando un techo arbóreo que, sin embargo, detenía la caída de las ramas dejándolas en suspenso, logrando, así, un equilibrio imposible. Me fijé también en los reflejos, imitaciones de una realidad levemente deformanda por las ondas.

Luego, pasamos La vaquería para proseguir en dirección al complejo hospitalario de San Juan de Dios, preciosa interpretación botánica donde los que no siguen la razón (quizás con acierto) encuentran el descanso a sus inquietudes y nosotros el descanso del peso que nos comporta encontrar una respuesta a ellas. Me vino a la mente la palabra manicomio, como vocablo caído en desuso a consecuencia de nuestra huida políticamente correcta hacia el eufemismo, esa vestidura de las palabras que nos producen vergüenza. Y al estar cubileteando con el lenguaje, me encontré de sopetón con otro eufemismo. El edificio que fuera antes la perrera aparece titulado “Centro de acogida de animales”, lograda expresión que deviene renuncia a otro nombre anterior, del que se huye. Los ladridos de los perros, presos absolutos sin espacio que dominar, no reflejaban precisamente el sentido de acogida que la nueva expresión concita, sino una profunda melancolía de inevitable expresión animal. ¿ No son, al cabo, habitantes libérrimos del mundo?.

Pasado ese último confín de la civilización proseguimos la marcha hacia el ascenso del páramo. La vista atrás dejaba constancia del ineludible encuentro de Palencia con los campos y los cerros. El verde teñía de agrícola esperanza un leve atisbo, muy leve aún, de la futura cosecha. Recorrimos la subida al páramo encontrando arriba un punto intermedio entre el término de Autilla del Pino y el propio Monte Viejo. De pronto me encontré de frente con la absoluta lisura, estampa de belleza incomparable, por vacía, que contrastaba con un cielo desplegado en nubes abigarradas, coléricas y algo despeinadas por la acción de los vientos. Me vino a la mente Don Miguel de Unamuno, quien, como se sabe, tuvo en Palencia un hijo arquitecto. Me vino él, y con él, al fin, recuperé el recuerdo de su definición del paisaje de La Tierra de Campos cuando dijera que, aunando solamente el cielo y la tierra, representa la expresión del paisaje mínimo (esto no lo inventaron ellos, sino él). El constructo de lo mínimo, como algo bello, partiendo de pobres materiales, se me antoja un logro que el Creador debe sentir como algo meritorio.

Pasada la vaciedad emprendimos la marcha hacia la entrada del monte. Durante algún tiempo observé esa entrada desde la distancia. Percibí que los primeros robles construían una puerta perfectamente nítida y, entonces, El Monte, expresión de la rugosidad verde del paisaje que en el aire se suspende, me pareció que ofrecía un entrada a otro mundo. El umbral, que aún observaba lejano, despreciaba la mínima expresión de la unión de cielo y tierra generando la construcción de una escultura vegetal. Lo que tenía de frente era el bosque, lugar sin espacio y tiempo, culmen anulador de la inercia inexorable de la Historia, excepción absoluta, acogedora placenta, matriz de la respiración del mundo, teatro de la ensoñación, refugio de los librepensadores, ubicuidad romántica que impera y se impone frente al racionalismo, expresión del presente, pero del presente olvidadizo del pasado y del futuro, lugar mágico que proporciona el placer de reencontrarte con tu yo profundo.

De esta manera, dejamos atrás la expresión mínima del paisaje introduciéndos por esa puerta que los árboles conforman. Traspasar una puerta deviene muerte y resurrección. Morimos los caminantes ante la impronta vacía del páramo para resucitar ante la plenitud absoluta del bosque, Monte Viejo de Palencia, privilegio que pocas ciudades conservan. En él encontramos acomodo, refugio de la mirada contemplativa, nos integramos en su espacio sin tiempo buscando el lugar más propicio para la comida, punto y aparte de una hermosa excursión nacida y muerta en un día de mayo. Flor de un día en el mes de las flores, permanecimos oliendo el aroma de su agonía; meciéndonos el ramaje con su movimiento; acariciándonos los templados e invisibles brazos del sol; rodeándonos los niños, traviesos manifiestos, con sus sonrisas (al cabo también las gaviotas sonríen libérrimas en la playa); recreándonos, al fin, en esa efímera vida intemporal que tendió a diluirse con la llegada luctuosa de las sombras.

Regresé del Monte Viejo insuflado por cierta armonía silenciosa que aún me invade, transformado por un camino hecho al andar que me ha proporcionado, en poco tiempo y pocos kilómetros, la transición por la ribera del canal hacia el eufemismo del lenguaje; la contemplación de la ciudad vista con la cara vuelta sin la sanción de convertirme en estatua de sal, si bien con el premio de los cerros y la caricia de la llanura más lograda. Todo andando para, finalmente, traspasar el umbral mágico de una puerta de bosque, viaje esotérico que, estando a la mano, pocas veces realizamos, viaje transformador que te devuelve renacido en otro ser, ser del campo, esencia suya, perfume que llevas puesto en la piel para vivir de nuevo la ciudad rutinaria, esta tranquila Palencia que, desde la distancia, impercetiblemente, acusa la influencia vetusta de un Monte estático que, por quieto, concentra en él toda la sabiduría.  

 

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