Categoría: PENSAMIENTOS OCEANICOS
10 Noviembre 2009
Una mañana nueva amaneció en la ciudad de papel. La letra “s”, sinuosa en su forma, se levantó triste, pero se desperezó y salió a la calle. El día estaba un poco nublado porque la letra “o” se había desprendido del Sol. Amortiguó la caída aprovechando su colchón circular y como necesitaba jugar, -¡cuán fácil lo tenía!-, se dispuso a rodar como un aro. El astro rey se quedó a medio gas sin la “o“, pero había luz de sobra cuando la letra “r”, un poco más perezosa que las otras, despegó sus labios. A la letra “r” le costaba pronunciarse, -ésta era la manera de despertar que tenían las letras de aquel país hecho de caligrafía pura-, pues había un no sé qué en el arranque que parecía detener su despertar. Errrrrrrrr......, semejaba el motor estropeado de un coche, pero al final siempre lograba pronunciarse a sí misma. La letra “p” llevaba paseando insomne toda la noche cuando la letra “o”, que rodaba despistada, se le pegó. La “p”, mostrándose rotunda, se molestó bastante, pues cuando las letras se pegaban no resultaba fácil que se pudieran soltar, pero, con protesta o sin ella, no le quedó más remedio que caminar junto a la “o“.
La calles de la ciudad de papel eran folios en blanco. Las letras andaban juntas formando fonemas, palabras, frases, o quizás cosas sin sentido, pero muy rara vez ocurría el suceso excepcional del nacimiento de una palabra. Sin embargo, El fonema “po” no estaba bien avenido esa mañana, -pues ninguna de las dos letras había consentido tal matrimonio-, de manera que pidieron ayuda cuando se encontraron con la “r“. Para separarlas, a la “r” no se le ocurrió mejor cosa que tirar fuertemente de la “o”, y entonces las dos se unieron formando el fonema “or”. La letra “p”, muy gentil, -siempre lo era-, fue a agradecer a la “r” lo que había hecho, pero, al darle la mano, se quedó nuevamente enganchada. Ahora, estaban las tres juntas formando el vocablo “orp”
La letra “s”, cansada de su solitaria existencia, se unió al grupo. Tras dar los buenos días de rigor pidió por favor que la dejaran ir con ellas, y como era un poco egocéntrica se puso la primera. Así nació “sorp”, un vocablo que no decía nada y que, más bien, sonaba anodino. Algunas calles más allá, concretamente en la calle de la música, la hermana gemela de la “r” se había unido a la vocal “e”, a la que siempre recurría para formar la nota musical “re”. Venían silbando en sentido contrario sin ningún propósito concreto, pero se sintieron tan ofendidas por ese extraño sonido que conformaba el apandillado vocablo “sorp” que, cuando se encontraron con él, no pudieron evitar dirigirse en estos términos. ¡Pero si no sonáis a nada!, -espetó la “e”, que era una experta lingüista y una de las letras que, por ser de las vocales más necesitadas, todo el mundo respetaba-. El silencio vergonzante se abrió como un abismo, pero la “r” gemela se compadeció de su hermana, involucrada en aquella comparsa fonética que nada decía. ¡Está mi hermana en este grupo! ¿ No lo ves?, -reconvino a su vez a la “e”-. “ No quería molestarte...”, -contestó ésta-, “...pero es que, suena tan mal, que no he podido evitarlo”. ¿ A que no os unís a nosotras con vuestra musicalidad?, -interrumpió la “p”, animándolas-. La “r” gemela tiró entonces de la “e”, sin dejarla reaccionar, y ambas se pegaron a la “p” formando un nuevo vocablo que sonaba “sorpre”.
Debido a la componenda musical esto sonaba algo mejor, cierto, pero no mucho más. La “s” no dejaba de sentirse sola dentro de aquel grupo fonético, sobre todo porque estaba la primera y las demás, y más aun la “o”, no le hacían caso, -ahora pagaba el precio del protagonismo-. No hay peor soledad que la que se siente en compañía. Como la “s” era la letra que construía el plural, había muchas esparcidas por la ciudad; parecían pequeñas serpientes escurridizas a las que todo el mundo recurría cuando quería multiplicar las cosas. Una de las otras “eses” andaba libre y feliz esa mañana. Si no fuera porque aún era muy pronto se diría que estaba borracha, ya que su silueta esbozaba el clásico movimiento en zigzag de los beodos. Andaba cansina, quizás apesadumbrada, y parecía que le costaba moverse. Ya se había zafado de un par de palabras que esa mañana quisieron multiplicarse a su costa, pero el aire no le dio para más cuando la “e”, cansada de ser la última del grupo, la secuestró. Se había formado algo que nadie había escuchado nunca y que sonaba “sorpres”
¡Esto es un rapto!, -protestó con dignidad-; ¡Llamaré a la letra “A” para que arregle este entuerto!. La letra A mayúscula era la reina del alfabeto, la más digna e importante de todas las letras. Cuando otra letra requería su presencia, sólo tenía que gritar y, entonces, un eco inmenso invadía las calles en su búsqueda. Esa mañana aún estaba dormida y tardó en escuchar el eco, el cual se introdujo en sus tímpanos cual zumbido inoportuno. A pesar de que era la reina no podía descuidar sus obligaciones reales, de manera que se levantó, desayunó un tazón de “aes” minúsculas, como hacía cada mañana, y se dirigió al lugar de donde provenía la llamada. La “s” raptada le explicó lo sucedido, y las demás letras fueron explicando todo el proceso. Al escucharlas, la “A” sintió una vibración reconfortante en el estómago que parecía preludiar algo. Siempre que iba a nacer una palabra nueva, como si de una premonición se tratara, notaba algo parecido. De pronto, en una arranque de imaginación propio de ella, -nadie más podía hacerlo en la ciudad-, regurgitó la “a” minúscula más reciente que había desayunado y la pegó al grupo. Había nacido la palabra “sorpresa”, que, aunque melódica al fin, nadie sabía lo que significaba.
Entonces, la reina, transida por una emoción indescriptible, se dirigió al grupo preguntando. ¿ A que no imaginabais que hoy, juntas, por arte del mágico destino, y sin ni siquiera proponéroslo, formaríais una nueva palabra?. ¡Nooooo!, -respondieron alegres-. ¡Pues, desde hoy, ordeno que, a esta sensación placentera de descubrir algo nuevo que no esperábamos, le llamaremos, como homenaje a vuestra palabra, “SORPRESA” . Y así, sin que nadie lo hubiera podido imaginar, nació una palabra nueva en la ciudad de papel. El diccionario, un señor muy sesudo y respetable, la apuntó por orden de la reina.
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18 Julio 2009

Aquella noche de camping Blanca tenía miedo y no quería dormir en su tienda, donde estaban algunos de sus amigos. Tuve que levantarme de madrugada para traerla a la mía, y en ella dispuse otra colchoneta junto a la que me embarcaría a mí en la dulce navegación de los sueños. Se quedó inmediatamente dormida, narcotizada por la presencia inmediata de su padre. Yo me quedé observando su sueño, sintiendo que sólo me separaba de las estrellas una finísima tela de acampar. Blanca inició su navegación por el mar de la ensoñación a eso de las dos de la madrugada. Mientras llegaba mi tiempo, aguardé en puerto leyendo poesía con una linterna hasta que, como buen Almirante, también como buen marinero, decidí seguir su misma, estela. Navegar soñando con tu propia hija, marinera en cubierta, deviene experiencia indescriptible. El olor de la piel nueva, el gesto inmenso de la inocencia definitivamente capturado como con red de pesca, y esa respiración unísona con el sentido cósmico, despiertan en los viejos lobos de mar un regreso al día que tomaron su primera barca.
Después de surcar ilusiones infinitas, nubes gigantes de tiempo eterno, después de sentir la flotación, los primeros rayos de la mañana de San Juan nos despertaron tibiamente. También se escuchaban los pájaros, señal inequívoca de que habíamos tocado tierra (esto lo saben todos los marinos del mundo), de manera que despertamos juntos, unidos por la esperanza de contemplar un nuevo día lleno de experiencias. Entonces fue cuando nos besamos. La fotografía que traigo, reflejo de ese día, trae nuestros rostros deformados en esa frontera, línea por donde la piel blanda se adapta al otro rostro, pierde su definición efímeramente y encuentra un territorio común al nosotros.
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8 Mayo 2009

A veces nos guiamos por patrones culturales. Por ejemplo, pensamos que el matrimonio es una institución caduca. El otro día, leyendo, me llevé una sorpresa fulminante. Resulta que, en la Edad Media, era habitual el casamiento con dote, lo que hacía que las familias procuraran negociar los casamientos de los hijos a fin de favorecer un estatus patrimonial determinado, resultando, además, que se producían muchos casos de endogamia. En definitiva, se privaba al casamiento de la libre voluntad de los contrayentes. El matrimonio eclesiástico surgió para que un tercero, -el sacerdote-, comprobara que los contrayentes lo hacían de buena voluntad, mediando un consentimiento real. Curiosamente, la figura del matrimonio eclesiástico resultó un avance de la época, impidiendo la endogamia y los matrimonios de interés, procurando, en la medida de lo posible, la libertad de los cónyuges. ¿ Se acuerdan del matrimonio secreto favorecido por la Iglesia? ¿ Quién nos lo iba a decir, verdad?.
Otra cosa. Imaginamos a las mujeres de la Edad Media altamente ignorantes. Otro error. En aquel tiempo el matrimonio no estaba del todo de moda, sobre todo porque muchas mujeres fallecían en el parto y eso no era cosa de buen gusto, como tampoco lo era casarte con quien no te apetecía. Debido a ello, muchas mujeres de entonces optaron por la vida en los conventos. En los principios de la Edad Media, los conventos femeninos, -no sometidos entonces (para que luego se hable de igualdad) a autoridad masculina alguna-, tenían bibliotecas muy nutridas que formaban intelectualmente a las monjas. Algunos de estos monasterios, como el de Las Huelgas de Burgos, tuvieron tal poder que se llegó a decir que la Abadesa sólo podría casarse, si pudiera, con el Papa.
Otra mujer francesa (las nobles eran cultísimas), de cuyo nombre no puedo acordarme, ya en la Ilustración, resulta que se inventó la celebración de fiestas para conversar sobre temas de interés cultural, -algo inexistente hasta entonces-, invención que luego trascendió al resto de Europa. Por tanto, los cénaculos intelectuales y la formación de cierta opinión pública, también tuvieron inicio en el seno mental, que no matricial, de una mujer. Como también fueron las mujeres, impedidas de desarrollarse literariamente en la novela, las que desarrollaron hasta extremos preciosísticos, el género epsitolar, que como se sabe alcanzó luego gran predicamento.
Por cambiar de tema. Tampoco fue del todo cierta la leyenda negra que los franceses nos atribuyeron. Ni la Inquisición fue tan cruenta, aunque lo fue, ni los excesos con los indios de las Américas lo fueron tanto. Antes al contrario, les dotamos luego de nuestros derechos e iniciamos el derecho de gentes, germen del derecho internacional moderno. Pero los franceses, envidiosos, pretendieron hacernos culpables de algo que todos los imperios han hecho, desconsiderando nuestros grandes aciertos. No sé por qué Zapatero, el que se sienta ante el paso la bandera norteamericana, es capaz de hacerles tanto la pelota(léase el último episodio con ese aprendiz de emperador llamado Sarkozy, al que le hemos condecorado con la medalla de ese gran rey que fuera Carlos III). Los españoles hicimos nuestra esa negra leyenda, nos acomplejamos, y surgieron las dos Españas. Divide y vencerás. También, con ello, con esa leyenda, se favoreció que las colonias americanas se independizaran antes. ¡Que se jodan un poco los franceses y con perdón! El imperio español fue el primer imperio moderno y, además, el más largo de todos los que en la modernidad han existido. Si lo hubieran tenido ellos, nadie les hubiera aguantado.
Presumen de capitalismo, de ser sociedades más ricas y desarrolladas. Sin embargo, el capitalismo en Europa hubiera sido imposible sin el oro de las Américas que los genoveses administraron. ¡Qué lástima haber echado a los judíos justo en el momento en que más les necesitábamos!. Pero el catolicismo español, -lo dicen todos los historiadores extrajeros que he leído-, no permite el sentido lucrativo, que el español, orgulloso soldado, siempre ha despreciado. Los protestantes no han tenido remilgos, y aunque les debemos la libertad interior, el respeto a la intimidad de pensamiento, debemos recriminarles la creación de esta insultante sociedad consumista hecha por y para mercaderes. Cosas de la Historia.
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11 Marzo 2009

Siempre hay un momento en que nos enfrentamos, para traspasarla, ante la imagen de la virginidad. Cualquier experiencia no vivida antes llega un tiempo en que se nos ofrece calmada ante la mirada, expuesta, presta a ser invadida. Lo que vemos es el pasado, la presencia anterior de algo que, por cualquier razón, nos fue privado experimentar, y eso que vemos deviene un estado de quietud suma que nos proporciona paz. Es una paz que se produce porque, por fin, podemos realizar (hacer real) lo que antes fuera una ilusión, es la paz que se aparece cuando por fin la experiencia se antepone a nosotros como una puerta que puede ser franqueada. Podemos entrar en la experiencia o abandonarla otra vez, pero ahora decidimos nosotros, lo elegimos o no, y por ello no hay frustración. La imagen virginal que antecede al momento previo al bautismo es un estanque, algo espiritual, anterior por tanto a la materia. Estanqueidad, quietud altísima, estabilidad, belleza de lo intocado. Como ante una piscina solitaria que nos invita a zambullirnos en ella, llega un momento en que hacemos lo que deseamos y entonces la imagen se descompone, aparece el movimiento y con él se colma el deseo.
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11 Marzo 2009

Lo de esta mañana ha sido fascinante. Domingo un poco nublado me levanto, como cada domingo, para sumergirme en lo cotidiano, en esa maravillosa monotonía que, como el océano, deviene sinfonía de fondo. De pronto me encuentro con una imagen que me atrae mucho. Muchas veces me he quedado pensativo en torno a esta imagen que tanto me fascina, pero nunca la había fotografiado. Es la cafetera echando vapor, como una máquina de tren antigua, lo que hace que este domingo empiece de una manera inmensa. El olor del café recién hecho se mezcla con esa poderosa estampa de la cafetera estallando en bruma y mi mente, entonces, viaja al mundo de los trenes antiguos y, de ellos, a la Revolución Indutrial jnglesa, tan fascinante porque cambió totalmente el mundo. Observo el color rojo intenso de la vitrocerámica, -que no sé por qué sale violeta en la foto- fuego moderno que nos hace la vida cómoda. Un sólo segundo, llegar a la cocina en el momento en que el vapor sale, provoca que mi mente viaje y eso es maravilloso porque puedo hacerlo sin salir de casa, en albornoz, y pijama. Lo más grande siempre está cerca.
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23 Febrero 2009

ACTORES SECUNDARIOS DE REPARTO EN ESCENA
Escribo este artículo el día veintitrés de febrero, día en el que se recuerda el triunfo de la democracia sobre la irracionalidad del último pronunciamiento militar de nuestra larga historia, y día, también, en cuya madrugada Penélope Cruz ha ganado el primer oscar concedido a una actriz española, actriz, además, que lo es de sangre, visceral, llena de vida, profundamente hispánica.
En el veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno resolvimos de una vez por todas la decimonónica estampa que venía asolando nuestra vida colectiva, esa sombra que día a día nos fue alejando de la modernidad que tantas generaciones habían perseguido. Un mostacho y una boina militar simbolizaron aquel fracaso de la sinrazón. El mostacho de Tejero y la boina de campaña de Milans, dos seres empachados de principios políticos anacrónicos que estaban fuera del mundo occidental. El único mérito que cabe reconocérseles (entre comillas) es que, al menos, fueran coherentes con ellos mismos y que, de algún modo, mostraran un código de honor personal, asumiendo de antemano la derrota y la cárcel. Hay veces que las personas rígidas que se mantienen leales a sí mismos encuentran en la rígidez, en la falta de flexibilidad, la barrera que les impide progresar. Afortundamente, en aquel tiempo, muchos militares, no tan rígidos, habían ido modificando su pensamiento reaccionario aceptando la soberanía del poder civil, y ese progreso de estos otros militares, que también estuvieron presentes aquella noche, entre ellos principalmente el Rey, contribuyó decisivamente a la derrota del pronunciamiento.
Los españoles nos sacudíamos la historia y nos despojábamos de las sombras del pasado, pero para ello fue necesario escenificar dramáticamente lo que, desde el inicio de la transición, estaba pasando. Los españoles, viscerales, pasionales, orgullosos, intratables (según algunos hispanista británicos), no podemos resolver nuestras dudas intelectuales en el interior. Los toros son el ejemplo de que siempre hemos de simbolizar el drama vital. El hemiciclo, media plaza de toros, sirvió de escenario para la puesta del drama colectivo. Tenía un guardia civil que subirse al trono de la palabra para imponer la fuerza de una pistola, tuvo que hacerlo para que todos nos convenciéramos simbólicamente de que la fuerza de la razón supera a la razón de la fuerza. La fuerza del drama ganó enteros para desembocar en el final deseado, el que la historia pedía a gritos desde hacía un siglo y medio. Si los españoles hubiéramos podido convencernos antes con las palabras, tal escenificación hubiera sido innecesaria. Afortunadamente, aquellas imágenes ya forman parte de nuestro inconsciente colectivo, y están sembradas con la finalidad de que sepamos no retroceder.
La fuerza interpretativa que tiene Penélope Cruz proviene de nuestra forma de ser. Hay que ver la película de Woody Allen para darse cuenta que, transcurriendo la misma sin tensión dramática, con cierto tono entre monótono y aburrido, es a partir de la aparición de Penélope cuando la película alcanza intesidad dramática desgarradora, produciendo su aparición el punto de inflexión que necesita. Penélope tiene una fuerza interior inmensa que aflora con radicalidad, pues la tiene de raíz, anida en su ser, en su esencia española, rompiendo esquemas. Ayer subió al púlpito de la gloria sin pistola, votada democráticamente por la Academia como mejor actriz de reparto, y habló, moderando la palabra, delante de los que representan a la sociedad civil más lograda de los últimos dos siglos. Desde Tejero hasta Penélope han pasado muchos años y ambos son ejemplo claro de que los españoles pasionales son capaces de destruir o construir, todo según la dirección que se tome. Tejero, peor actor de reparto, frente a Penélope, símbolo de la España moderna, ambos se entrecruzan en una misma fecha. No puede ser casual.
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5 Febrero 2009
Transcurría anteayer una tarde de lluvia en la que, llegando a casa, atraído por un libro expuesto en uno de los anaqueles de la librería "Alfar", y comprobando que Fernando Sabugo se encontraba en ese mismo momento cerrando la librería, me tomé la libertad de pedirle desde el coche que me proporcionara un ejemplar, cuidándome antes de comprometer el pago para el día siguiente (gracias Fernando). El caso es que el libro llegó a mis manos. Se trata de una edición que, bajo el título ¿ Dios existe?, comprende un pequeño ensayo del Santo Padre; luego, una parte intermedia que transcribe un debate que el papa sostuvo en el año dos mil con un filósofo ateo, y, finalmente, otro pequeño ensayo de éste último. Yo, que había leído antes un ensayo sobre Jesús escrito por el Papa, me las prometía felices pensando que bajo el título de ese interrogante -¿ Dios Existe?- me enfrentaría a una completa exposición de este ensayista al que tanto valoro. No obstante, el libro tampoco tiene desperdicio.
Si Juan Pablo II fue un Papa poeta, Benedicto XVI es un ensayista de primer orden. Su prosa y su fino razonamiento te lleva a paladear lo que expresa como si alcanzaras la cresta de un dulce merengue. Hubo un tiempo anterior, cuando él era prefecto para la Congregación de la fe, en que se nos trasladó una imagen suya sumamente rígida, casi inquisitorial, algo que, leyéndole, se disipa completamente, lo que me mueve a pensar, -esto es harina de otro costal-, que, realmente, los medios de difusión públicos nos trasladan partes de la verdad y que nuestros pensamientos, a veces, sobre todo cuando más nos confiamos a ellos, están un poco manipulados. Pero leyendo a una persona se ve su reflejo, lo que verdaderamente es, y aquí no hay trampa ni cartón. Simplemente hay que molestarse y dedicar tiempo, ese escaso que se nos va de las manos.
Si yo pudiera llevar al lector a la cresta de un dulce merengue exponiendo la sensación que albergo después de leer al Papa, -y en mí no puede advertirse en modo alguno ni fanatismo religioso, que no lo tengo, ni la condición de católico practicante-, me daría por satisfecho. No obstante, recomendaría la lectura de este pequeño ensayo para que el lector pudiera comprobar cómo el Papa defiende la circunstancia de que su creencia sea la verdadera. Para ello hay que hacer previamente una abstracción de la nuestra, quizás descreída de que pueda existir una religión que contenga la verdad absoluta, prescindir de nuestro prejuicio. Lo cierto es que el discurso del Papa alcanza una coherencia exquisita que, una vez advertida por el lector, te lleva a respetarla aunque, como es mi caso, sólo la compartas en parte. Él sostiene que el cristianismo, primero el judaísmo, construyó un Dios que reunía en sí el alcance absoluto de la filosofía de la época, es decir, que, al contrario de lo que ocurría en el resto de las religiones del momento, se estructuró desde la filosofía racional y que la fe posterior no fue sino un salto dado desde la razón. " Al principio fue el verbo", -nos recuerda-, pero el verbo, -matiza-, es la razón hecha palabra, y, para el Papa, antes de la creación del universo estaba lo racional, no lo irracional. La creación fue sustituida luego, -por la filosofía-, por la palabra "physis", que viene a significar naturaleza, pero, sin perjuicio de esta separación entre religión y filosofía, la naturaleza (o la creación) encierra o contiene un mensaje esotérico que, porque contiene valores universales, está por encima de las leyes humanas. El cristianismo no hizo sino recoger esta racionalidad ínsita en la naturaleza, en la cosmogonía, para concluir la imposible preexistencia de la irracionalidad. Ello en favor de la racionalidad de una potencia creadora, la cual, engloba todo ese compendio de razón que derriba la posible construcción irracional del universo. El Dios cristiano parte de la filosofía racional y, a partir de ella, construye sus valores descifrando el mensaje de la naturaleza, un mensaje que, por otro lado, no puede ser violado por leyes humanas, de ahí lo absoluto.
El judaísmo creó este antecedente, pero el cristianismo, por medio de Jesús, lo hace universal, es decir, la verdad trasciende más allá de la comunidad judía y alcanza a los demás hombres, lo que justifica la expansión de la verdad como un modo de comunicación. Lo cierto es que, querámoslo o no, nuestra civilización occidental, -única que ha evolucionado hacia la democracia y hacia el respeto del individuo-, ha partido esencialmente de los valores cristianos, los cuales se han secularizado posteriormente alcanzando reflejo en los derechos inalienables del hombre. De algún modo ha ocurrido lo mismo que ocurriera con Jesús, que hizo partícipes a los profanos del mensaje judío, y, así, el cristianismo ha salido de su circunscripción alcanzando a todas las demás culturas profanas que ahora buscan el respeto a los derechos humanos.
Leyendo al Papa he sentido cierta paz interior que me ha hecho notar aire en los pulmones. Sin embargo, creo que esta construcción doctrinal es válida y puede extenderse fuera de la comunidad cristiana. No es cuestión de mantener la forma si respetamos el fondo. La forma de Dios puede tener variantes, distintas expresiones en función de la percepción de cada comunidad humana y, más aún, de cada individuo. Otra vez salimos de la Sinagoga, pues, lo absoluto, la existencia de un ente espiritual racional anterior a la materia, si deviene tan absoluto y cierto, si es una verdad racional, puede convivir con el relativismo cultural y religioso del mundo contemporáneo, es decir, lo absoluto puede adaptarse a lo relativo penetrando dentro de cada forma. Si pusiéramos al agua como ejemplo de lo absoluto, como ejemplo de Dios, convendríamos en que el agua varía su forma en función del continente. Se adapta al vaso, a la jarra, al cauce del río, a la estrechez de las tuberías, pero siempre es agua, no pierde su naturaleza por ello, sigue saciando la sed, alimenta la verdad. Sólo es cuestión de dejar que el agua inunde nuestro continente elegido, y, en esto, con mucho respeto, creo encontrar mi discrepancia con el Santo Padre. Sólo en esto. Gracias.
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13 Enero 2009


El blanco y el negro son un símbolo de la dualidad de los contrarios, lucha en la que diariamente nos debatimos. Ambos sirven para delimitar al otro, y, por tanto, el sentido de nuestros contrarios radica en definirnos, lo que prueba la necesidad de convivir con ellos. El fascista, inseguro de sí mismo, busca la anulación del otro sin percatarse que ello conlleva su propia anulación. El hombre seguro de sí tolera la contraimagen de sí mismo, no necesita eliminarla, sabe que es su alter ego, alguien a quien necesita. Por otro lado, nosotros mismo convivivos con lados propios que son adversos, caras distintas, egos diferentes que internamente luchan el uno contra el otro. Todo está dentro del mismo modo que todo está fuera. La dualidad es algo a lo que no podemos escapar.
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