10 Julio 2009

Lo más sobresaliente vivido en el pasado tiempo de Mayo ha sido, sin duda, mi participación en la marcha hacia El Monte Viejo organizada por los hermanos Maristas, tiempo de reencuentro del urbanita con el campo que, ahora, lo es de traslado al lector atento. Fuimos pisando la tierra, esa manera que el hombre tiene de sentir bajo sus pies las palpitaciones del planeta.
Una vez pasado El Puente Mayor, tras adentrarnos por La Dársena, tomamos la margen del canal de Castilla. Siempre me ha atraído el punto de fuga que, representando el infinito, puede observarse desde esa posición, pero nunca, -lo confieso-, había recorrido la margen andando. Los árboles rendían su curvatura hacia el espejo del agua conformando un techo arbóreo que, sin embargo, detenía la caída de las ramas dejándolas en suspenso, logrando, así, un equilibrio imposible. Me fijé también en los reflejos, imitaciones de una realidad levemente deformanda por las ondas.
Luego, pasamos La vaquería para proseguir en dirección al complejo hospitalario de San Juan de Dios, preciosa interpretación botánica donde los que no siguen la razón (quizás con acierto) encuentran el descanso a sus inquietudes y nosotros el descanso del peso que nos comporta encontrar una respuesta a ellas. Me vino a la mente la palabra manicomio, como vocablo caído en desuso a consecuencia de nuestra huida políticamente correcta hacia el eufemismo, esa vestidura de las palabras que nos producen vergüenza. Y al estar cubileteando con el lenguaje, me encontré de sopetón con otro eufemismo. El edificio que fuera antes la perrera aparece titulado “Centro de acogida de animales”, lograda expresión que deviene renuncia a otro nombre anterior, del que se huye. Los ladridos de los perros, presos absolutos sin espacio que dominar, no reflejaban precisamente el sentido de acogida que la nueva expresión concita, sino una profunda melancolía de inevitable expresión animal. ¿ No son, al cabo, habitantes libérrimos del mundo?.
Pasado ese último confín de la civilización proseguimos la marcha hacia el ascenso del páramo. La vista atrás dejaba constancia del ineludible encuentro de Palencia con los campos y los cerros. El verde teñía de agrícola esperanza un leve atisbo, muy leve aún, de la futura cosecha. Recorrimos la subida al páramo encontrando arriba un punto intermedio entre el término de Autilla del Pino y el propio Monte Viejo. De pronto me encontré de frente con la absoluta lisura, estampa de belleza incomparable, por vacía, que contrastaba con un cielo desplegado en nubes abigarradas, coléricas y algo despeinadas por la acción de los vientos. Me vino a la mente Don Miguel de Unamuno, quien, como se sabe, tuvo en Palencia un hijo arquitecto. Me vino él, y con él, al fin, recuperé el recuerdo de su definición del paisaje de La Tierra de Campos cuando dijera que, aunando solamente el cielo y la tierra, representa la expresión del paisaje mínimo (esto no lo inventaron ellos, sino él). El constructo de lo mínimo, como algo bello, partiendo de pobres materiales, se me antoja un logro que el Creador debe sentir como algo meritorio.
Pasada la vaciedad emprendimos la marcha hacia la entrada del monte. Durante algún tiempo observé esa entrada desde la distancia. Percibí que los primeros robles construían una puerta perfectamente nítida y, entonces, El Monte, expresión de la rugosidad verde del paisaje que en el aire se suspende, me pareció que ofrecía un entrada a otro mundo. El umbral, que aún observaba lejano, despreciaba la mínima expresión de la unión de cielo y tierra generando la construcción de una escultura vegetal. Lo que tenía de frente era el bosque, lugar sin espacio y tiempo, culmen anulador de la inercia inexorable de la Historia, excepción absoluta, acogedora placenta, matriz de la respiración del mundo, teatro de la ensoñación, refugio de los librepensadores, ubicuidad romántica que impera y se impone frente al racionalismo, expresión del presente, pero del presente olvidadizo del pasado y del futuro, lugar mágico que proporciona el placer de reencontrarte con tu yo profundo.
De esta manera, dejamos atrás la expresión mínima del paisaje introduciéndos por esa puerta que los árboles conforman. Traspasar una puerta deviene muerte y resurrección. Morimos los caminantes ante la impronta vacía del páramo para resucitar ante la plenitud absoluta del bosque, Monte Viejo de Palencia, privilegio que pocas ciudades conservan. En él encontramos acomodo, refugio de la mirada contemplativa, nos integramos en su espacio sin tiempo buscando el lugar más propicio para la comida, punto y aparte de una hermosa excursión nacida y muerta en un día de mayo. Flor de un día en el mes de las flores, permanecimos oliendo el aroma de su agonía; meciéndonos el ramaje con su movimiento; acariciándonos los templados e invisibles brazos del sol; rodeándonos los niños, traviesos manifiestos, con sus sonrisas (al cabo también las gaviotas sonríen libérrimas en la playa); recreándonos, al fin, en esa efímera vida intemporal que tendió a diluirse con la llegada luctuosa de las sombras.
Regresé del Monte Viejo insuflado por cierta armonía silenciosa que aún me invade, transformado por un camino hecho al andar que me ha proporcionado, en poco tiempo y pocos kilómetros, la transición por la ribera del canal hacia el eufemismo del lenguaje; la contemplación de la ciudad vista con la cara vuelta sin la sanción de convertirme en estatua de sal, si bien con el premio de los cerros y la caricia de la llanura más lograda. Todo andando para, finalmente, traspasar el umbral mágico de una puerta de bosque, viaje esotérico que, estando a la mano, pocas veces realizamos, viaje transformador que te devuelve renacido en otro ser, ser del campo, esencia suya, perfume que llevas puesto en la piel para vivir de nuevo la ciudad rutinaria, esta tranquila Palencia que, desde la distancia, impercetiblemente, acusa la influencia vetusta de un Monte estático que, por quieto, concentra en él toda la sabiduría.
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7 Julio 2009

Hemos de acentuar lo que merece la pena ser subrayado en nuestras vidas, soslayar nuestras sombras, necesarios contrastes de nuestras luces, hemos de profundizar en lo que verdaderamente somos. Si nos fundamentamos en lo que somos....¿ A quién podremos envidiar?. Una vez que nos reafirmamos en el ser, ya no podemos envidiar. La envidia nace, esencialmente, de no habernos construido por dentro. Entonces, todo logro externo, en lugar de ser admirado, se envidia. Envidiamos porque no somos, porque no hemos llegado a ser. La vanidad innoble (soberbia), así, se presenta como un reflejo de nuestra inferioridad, sabernos no construidos, incompletos, frustrados, pero necesitados de esconder esta carencia.
Hemos de preservar nuestras circunstancias positivas más íntimas, bien seas propias o compartidas con otro. Debemos trazar un círculo protector en torno a ellas, claro de bosque que las mantenga en secreto. El secreto preserva que la energía positiva no se disperse en el ambiente social, sobre todo si éste deviene destructivo o anulador, pues la inercia de las gentes tiende a no creer la verdad de un hecho consumado cuando éste es bueno. La verdad entonces parece mentira, y, porque se quiere que sea mentira, la envidia busca la anulación de lo positivo, borra todo rastro de su fragancia. Socializar lo bueno no siempre tiene el resultado querido. En caso de estar ante una sociedad menos envidiosa, no hacer caso del consejo, pues las alegrías se intensifican cuando se comparten.
Dos seres pueden amarse, siendo diferentes en el carácter, si aman lo mismo. Lo amado, como objeto, precisa una ascesis desde la tierra al cielo, ha de ser contemplado y admirado. Hacia esa sublimación se puede partir desde distintos caminos (todos ellos llevan a Roma), pero, dos seres que se cruzan, lo hacen y se aman cuando sus ojos admiran lo mismo. Su amor es un reflejo de lo que ven.
De modo contrario, dos seres se odian cuando ya no aman lo mismo. El odio es un instrumento odioso de autoconservación.
Escribo como si fuera oído, un eco con sonrisa pudiera oírse al fondo, creo que no estoy solo, después de un día como el de hoy, un desierto de tiempo, que, al fin, ha tenido un oasis, claro de bosque. Todo oasis encierra el mismo sortilegio. Fuera del claro del oasis está el desierto, la ausencia de la verdadera vida, la simple presencia de una invención tan larga como la Historia convencional. Ya estoy fuera de la Historia, y concluyo que mi decisión de no comprometerme en política ha sido completamente acertada.
El amor físico deja la mente clara y limpia, liberada de todas las obsesiones, descarga energética que proyecta el nacimiento del pétalo, paso lento necesario para la construcción de la rosa. No cabe la rosa sin pétalos como no cabe el amor sin entrega.
Dentro del círculo todo queda atrapado. Todo es verdadero porque no puede esconderse, ya que en el círculo no hay esquinas. Lo que el círculo encierra está indefinidamente sometido a su movimiento. Todo gira. Las fuerzas positivas lo hacen en un sentido, y las negativas en sentido contrario.
Las dudas que tenemos, al no resolverse, al estar condenadas a la circularidad se convierten en obsesiones, -el tiempo circular es una condena-. Sin embargo, las fuerzas positivas, los buenos sucesos, se repiten constantemente (aburrimiento).
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5 Julio 2009

La luna cae roja simiente fresca,
la luna amarilla torna otra cara,
la dama la mira por la ventana,
la dama la mete en una cesta.
La luna se oculta en noche espesa,
nocturno sin luna que ya no es clara.
La dama se empapa, romances besa,
pura, la luciérnaga brilla en su estampa.
¡Cántame, tú luna, nanas de amor,
susurra a mi oído los versos llenos
que Guillermo escribe para su flor!
Que, si no, la cesta ya no la suelto,
y presa estarás y sin color,
muda y sin órbita ni movimiento.
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2 Julio 2009
29 Junio 2009
El silencio es largo, tormenta armada
de arena tan muda como las sombras,
laguna profunda de alma callada,
montura que lleva eternas alas.
Mas me acolcha puro en sus veladas,
mece mis despojos y los deforma,
depura lo impuro, lo grande agranda,
es un eco alquímico que no me estorba.
Es mi compañero de travesía,
también mi reflejo cuando me callo,
quizás soy yo mismo, mi mediodía.
Al alba, libélula, silencios callo,
nazco a la alegría, oh melodía,
porque tú me cantas como los gallos
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28 Junio 2009
Jaime bebe a chorro en fresca fuente,
mi Jaime de siempre, agua en cascada
se cae al duro suelo perdida siempre,
mas abre la boca a su garganta,
reguero tan claro que él se bebe,
pasión de la sed que le atraganta,
el niño inocente dulce parece,
estampa de un día, calor del alma.
Disparo mi cámara, el cíclope ojo
guiña a la vida, guarda el instante,
memoria del tiempo que se hace añojo.
Capturo a mi Jaime al refrescarme,
mi fuente es la foto, éste tesoro
que el agua detiene junto al infante
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25 Junio 2009
Oh amable amigo, dulce, gracioso,
proa en el hocico de bella estampa,
la popa en la aleta al juego ocioso,
raudo en su carrera, presta frenada,
quise ser delfín, aún lo añoro,
pues tuve ese sueño frontera clara,
nadar solitario conmigo solo,
bajo las estrellas del mar de plata,
quise vivir mudo sin el lenguaje,
huir de tierras secas, siempre mojado
aletear blancas olas alzarse,
quise tener cuerpo de delfín bravo
sentir esa gracia mimetizarse,
disfrazarme entero de lo que yo amo.
servido por almiranteliterario
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24 Junio 2009
El inevitable amor alondra
vuela en la penumbra rozando el cielo,
las estrellas gimen, responsos lloran,
viendo traspasar los puros huecos
que las alas suaves del ave rozan,
el inexorable canto se bate cierto
por aquellas nubes que lo decoran,
el inesquivable sentir del viento
flirtea muy coqueto ensimismado,
la nada vacía parece llena
pues miles de gotas la han colmado,
todo está completo, la tarde plena,
no cabe un suspiro, ni un solo dardo,
¡ay, todos los aires tienen sus flechas!.
servido por almiranteliterario
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