NACIMIENTO DE UNA PALABRA
Una mañana nueva amaneció en la ciudad de papel. La letra “s”, sinuosa en su forma, se levantó triste, pero se desperezó y salió a la calle. El día estaba un poco nublado porque la letra “o” se había desprendido del Sol. Amortiguó la caída aprovechando su colchón circular y como necesitaba jugar, -¡cuán fácil lo tenía!-, se dispuso a rodar como un aro. El astro rey se quedó a medio gas sin la “o“, pero había luz de sobra cuando la letra “r”, un poco más perezosa que las otras, despegó sus labios. A la letra “r” le costaba pronunciarse, -ésta era la manera de despertar que tenían las letras de aquel país hecho de caligrafía pura-, pues había un no sé qué en el arranque que parecía detener su despertar. Errrrrrrrr......, semejaba el motor estropeado de un coche, pero al final siempre lograba pronunciarse a sí misma. La letra “p” llevaba paseando insomne toda la noche cuando la letra “o”, que rodaba despistada, se le pegó. La “p”, mostrándose rotunda, se molestó bastante, pues cuando las letras se pegaban no resultaba fácil que se pudieran soltar, pero, con protesta o sin ella, no le quedó más remedio que caminar junto a la “o“.
La calles de la ciudad de papel eran folios en blanco. Las letras andaban juntas formando fonemas, palabras, frases, o quizás cosas sin sentido, pero muy rara vez ocurría el suceso excepcional del nacimiento de una palabra. Sin embargo, El fonema “po” no estaba bien avenido esa mañana, -pues ninguna de las dos letras había consentido tal matrimonio-, de manera que pidieron ayuda cuando se encontraron con la “r“. Para separarlas, a la “r” no se le ocurrió mejor cosa que tirar fuertemente de la “o”, y entonces las dos se unieron formando el fonema “or”. La letra “p”, muy gentil, -siempre lo era-, fue a agradecer a la “r” lo que había hecho, pero, al darle la mano, se quedó nuevamente enganchada. Ahora, estaban las tres juntas formando el vocablo “orp”
La letra “s”, cansada de su solitaria existencia, se unió al grupo. Tras dar los buenos días de rigor pidió por favor que la dejaran ir con ellas, y como era un poco egocéntrica se puso la primera. Así nació “sorp”, un vocablo que no decía nada y que, más bien, sonaba anodino. Algunas calles más allá, concretamente en la calle de la música, la hermana gemela de la “r” se había unido a la vocal “e”, a la que siempre recurría para formar la nota musical “re”. Venían silbando en sentido contrario sin ningún propósito concreto, pero se sintieron tan ofendidas por ese extraño sonido que conformaba el apandillado vocablo “sorp” que, cuando se encontraron con él, no pudieron evitar dirigirse en estos términos. ¡Pero si no sonáis a nada!, -espetó la “e”, que era una experta lingüista y una de las letras que, por ser de las vocales más necesitadas, todo el mundo respetaba-. El silencio vergonzante se abrió como un abismo, pero la “r” gemela se compadeció de su hermana, involucrada en aquella comparsa fonética que nada decía. ¡Está mi hermana en este grupo! ¿ No lo ves?, -reconvino a su vez a la “e”-. “ No quería molestarte...”, -contestó ésta-, “...pero es que, suena tan mal, que no he podido evitarlo”. ¿ A que no os unís a nosotras con vuestra musicalidad?, -interrumpió la “p”, animándolas-. La “r” gemela tiró entonces de la “e”, sin dejarla reaccionar, y ambas se pegaron a la “p” formando un nuevo vocablo que sonaba “sorpre”.
Debido a la componenda musical esto sonaba algo mejor, cierto, pero no mucho más. La “s” no dejaba de sentirse sola dentro de aquel grupo fonético, sobre todo porque estaba la primera y las demás, y más aun la “o”, no le hacían caso, -ahora pagaba el precio del protagonismo-. No hay peor soledad que la que se siente en compañía. Como la “s” era la letra que construía el plural, había muchas esparcidas por la ciudad; parecían pequeñas serpientes escurridizas a las que todo el mundo recurría cuando quería multiplicar las cosas. Una de las otras “eses” andaba libre y feliz esa mañana. Si no fuera porque aún era muy pronto se diría que estaba borracha, ya que su silueta esbozaba el clásico movimiento en zigzag de los beodos. Andaba cansina, quizás apesadumbrada, y parecía que le costaba moverse. Ya se había zafado de un par de palabras que esa mañana quisieron multiplicarse a su costa, pero el aire no le dio para más cuando la “e”, cansada de ser la última del grupo, la secuestró. Se había formado algo que nadie había escuchado nunca y que sonaba “sorpres”
¡Esto es un rapto!, -protestó con dignidad-; ¡Llamaré a la letra “A” para que arregle este entuerto!. La letra A mayúscula era la reina del alfabeto, la más digna e importante de todas las letras. Cuando otra letra requería su presencia, sólo tenía que gritar y, entonces, un eco inmenso invadía las calles en su búsqueda. Esa mañana aún estaba dormida y tardó en escuchar el eco, el cual se introdujo en sus tímpanos cual zumbido inoportuno. A pesar de que era la reina no podía descuidar sus obligaciones reales, de manera que se levantó, desayunó un tazón de “aes” minúsculas, como hacía cada mañana, y se dirigió al lugar de donde provenía la llamada. La “s” raptada le explicó lo sucedido, y las demás letras fueron explicando todo el proceso. Al escucharlas, la “A” sintió una vibración reconfortante en el estómago que parecía preludiar algo. Siempre que iba a nacer una palabra nueva, como si de una premonición se tratara, notaba algo parecido. De pronto, en una arranque de imaginación propio de ella, -nadie más podía hacerlo en la ciudad-, regurgitó la “a” minúscula más reciente que había desayunado y la pegó al grupo. Había nacido la palabra “sorpresa”, que, aunque melódica al fin, nadie sabía lo que significaba.
Entonces, la reina, transida por una emoción indescriptible, se dirigió al grupo preguntando. ¿ A que no imaginabais que hoy, juntas, por arte del mágico destino, y sin ni siquiera proponéroslo, formaríais una nueva palabra?. ¡Nooooo!, -respondieron alegres-. ¡Pues, desde hoy, ordeno que, a esta sensación placentera de descubrir algo nuevo que no esperábamos, le llamaremos, como homenaje a vuestra palabra, “SORPRESA” . Y así, sin que nadie lo hubiera podido imaginar, nació una palabra nueva en la ciudad de papel. El diccionario, un señor muy sesudo y respetable, la apuntó por orden de la reina.
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Respira los pliegues de la montaña, este horizonte novedoso que siempre le cautiva, tan acostumbrado como está al horizonte plano. Recogido en los pliegues del valle, sumergido en un submundo que concentra las imágenes en poco espacio, disfruta de la riqueza que tiene esta ubicación natural de Asturias.





El almirante bucea en la isla de Ons, después de haber tocado otros puertos de interés. San Vicente de la Barquera le proporcionó un motivo fotográfico excelente para sus hijas. Una barca solitaria. Las islas Cies, con la playa de Roda, catalogada como una de las más bellas del mundo, le impresionó extraordinariamente. De Oporto se enamoró. Cree que Dios vive en esa ciudad hermosa. Y en Ogrove, la playa de la Lanzada, bellísima, le permitió capturar un instante sepia. Navegar es muy estimulante en verano y él, navegante, lo sabe.




